 |
(Puchero a la lumbre. Fuente: Concejalía de Cultura. Ayuntamiento de Malagón, C. Real) |
Lo del minchar es
asunto de trascendencia, diga usted que sí. Por los buenos ratos que pasamos
mientras nos nutrimos, sobre todo si es en buena compaña, y por lo que la
manduca y todo lo que la rodea explica de cómo somos, cómo vivimos y hasta la
salud, o la poca salud, que tendremos. Lo que tiene que ver con su preparación,
que también nos gusta, aunque no sean remojones,
lo dejamos para otro día, no sea que algún chamuscas
nos coloque el mote de catapucheros y
la broma pase a mayores.
Siempre oí que hace años, cuando el desarrollo de una
sociedad como Hacinas o, en general, como la Castilla rural de la época, era
apenas un sueño, la alimentación diaria cabía en un puchero en el que se
depositaba con cariño, muy temprano en la mañana, un puñado de garbanzos, algo
de berza, quién sabe si un chorizo o un pedazo de tocino, cuatro vainillas, pero nada de pizca, eso ni soñarlo, ni que fueran
bodas, con suerte una bola si la
hicieron, o un pedazo de zangarrón, y
se llenaba de agua de los Cubillos, que, por su blandura, cuece las legumbres muchísimo bien.
Eso me contaba mi abuela mientras me señalaba con el dedo de
mandar chitón el quincho donde colgaba el cuadro con los calderos para que saliera a escape, camino de la fuente.
Para seguir leyendo clikar aquí