lunes, 30 de junio de 2003

¿Es la Ayuda Humanitaria la mejor propaganda de la guerra?


 
Si hay una batalla que sobresale de manera muy notable sobre todas en este panorama actual de desbarajuste en las relaciones internacionales es la de la propaganda. La propaganda entendida en términos de arma generadora de confusión intencionada cuyo objetivo supremo es el de que las cuestiones injustas y atentatorias contra la básica expresión de la razón y la ley las asumamos sin rechistar como en un trágala plausible o, al menos, que las comprendamos como un mal decididamente necesario. Es el juego de las palabras y las denominaciones que esconden, en el fondo, la tergiversación y el maquillaje más profundo de los conceptos que justifican las injustificables razones de estado. Seguro que saben a lo que me refiero: ya no hay guerras, esa palabra que despierta el mayor de los rechazos en la inmensa mayoría de los corazones nobles, sino que hay conflictos. Los conflictos que buscan la hegemonía y las ventajas estratégicas, políticas y económicas no son ilegítimos e injustos sino que son el resultado de acciones consensuadas de la comunidad internacional para preservar la paz y la seguridad. Estas acciones no provocan muertos y heridos entre la población civil sino que se producen lamentables efectos colaterales; los ejércitos que invaden un país contra la legalidad y el derecho internacional son, simplemente, fuerzas de liberación; y el inevitable y vergonzoso reparto del botín se llama ahora tareas de reconstrucción.
 
Pero si algo supera lo insuperable e indigna de manera máxima es el abuso y la desvirtuación extrema que se hace de la llamada ayuda humanitaria. Y es así porque los impasibles guerreros de los despachos y sus medios de comunicación se han apropiado de ese término no simplemente para darle un sentido diferente al que tiene sino, y es lo lamentable, para darle justo el sentido contrario. Nunca hubieran soñado encontrar un slogan tan eficaz para hacer propaganda de la guerra como el de la ayuda humanitaria. Los ejércitos, y el español de manera destacada según el gobierno del Partido Popular, son, según nos cuentan, unas potentes maquinarias que tienen como uno de sus objetivos básicos es el de prestar ayuda humanitaria a las poblaciones castigadas por los conflictos, que, por cierto, ellos mismos provocan. ¿A alguien se le ocurre un desatino mayor? ¿Ustedes creen que ha llegado el momento de que los ejércitos sustituyan en las guerras a la Cruz Roja Internacional? ¿Es que acaso la dignidad de las víctimas, a pesar de que casi siempre se traten de un batallón inmenso de pobres heridos y desarrapados, puede admitir que la misma mano que les tira la piedra, mata a sus hijos o les expulsa de sus casas, acuda después, diligente, con la tirita, el bidón de agua, o la tienda de campaña?

 
Estamos viendo estos días por televisión un spot publicitario del Ministerio de Defensa español que persigue estimular en los jóvenes el impulso de enrolarse en las fuerzas armadas. Las imágenes que ofrece el anuncio publicitario de esforzados soldados rescatando niños de entre los escombros, dando un plato de comida a una anciana con rasgos eslavos, o curando las heridas de algunas personas con aspecto indígena, le llegan a cualquiera al corazón. ¿Podemos pensar entonces que hay alguna diferencia entre entrar en el ejército o apuntarse de voluntario en una ONG?. A pesar de la ola de sinrazón que nos invade no hay motivos para no decir las cosas como son: el objetivo fundamental de los ejércitos es la guerra o el amenazar con hacerla (la disuasión). Siempre ha sido así, y cualquier otro planteamiento sólo persigue engañar a la gente para que crea que las guerras pueden ser justas o pueden tener una finalidad distinta a la que realmente tienen.

 
No se puede discutir que algunas acciones de los ejércitos en ayuda a la población civil, son muy notables y dignas de reconocimiento. Pero sólo pueden exhibir el calificativo de humanitarias –léase exclusivamente en términos de beneficio de los seres humanos-, en tiempo de paz, esto es cuando los gobiernos que las impulsan no tienen a priori intereses en la propia ayuda, y sólo cuando son respaldadas por un mandato de la comunidad internacional refrendado en las Naciones Unidas. En este caso, y sólo en este caso, si la intervención de las fuerzas armadas tiene como objeto que su incomparable despliegue logístico se ponga al servicio y facilite la actuación de organizaciones humanitarias independientes podremos decir que dicha actuación estará absolutamente libre de sospechas de intereses o de parcialidad.

 
Desde el punto de vista semántico se juega de manera abusiva con la ambigüedad malintencionada de dar a lo que simplemente puede tener rango de adjetivo calificativo (humanitario es decir en beneficio de los seres humanos), un sentido de denominación nominativa que sólo se corresponde con actividades que realizan desde un consenso internacional con características propias y determinadas, y a la luz del Derecho Internacional Humanitario, determinadas organizaciones o agencias no gubernamentales: históricamente la Cruz Roja Internacional y, más recientemente también otras muchas organizaciones –el movimiento Sin Fronteras, Médicos del Mundo, etc- auténticamente independientes de las razones de estado y de los intereses gubernamentales. Sólo ellas pueden garantizar que las intervenciones que realizan en socorro y apoyo de las víctimas puedan ser consideradas auténticamente como ayuda humanitaria. Porque el humanitarismo como filosofía de vida y estrategia de trabajo toma al ser humano como objetivo fundamental de su acción, encuentra en su atención y en su supervivencia su razón de ser, se fundamenta en un estricto respeto de los derechos humanos y en unos principios éticos y morales , entre los que destacan muy significativamente:

 

 
  • La imparcialidad, entendida como una determinación a no tomar parte, esto es, el objeto de su acción es el ser humano que necesita ayuda, independientemente de su raza, sexo, religión, ideología, bando, etc. No discrimina a las víctimas, y por lo tanto no prioriza la ayuda a aquellos que comparten sus mismas ideas y objetivos, convirtiéndose por tanto en una acción con características profundamente éticas. Las modernas organizaciones de ayuda humanitaria, a diferencia de la Cruz Roja Internacional, acompañan el principio de imparcialidad de un matiz de no neutralidad, considerando que no es posible ser neutral si eso significa equiparar a las víctimas con sus verdugos, rompiendo de esta manera con el silencio culpable y asumiendo así un compromiso de denuncia ante el mundo en defensa de los derechos conculcados a las víctimas.

  • La universalidad, comprendida como la prevalencia del derecho de las víctimas a ser socorridas por encima de cualquier otra ley o norma nacional o internacional, incluidas las fronteras cuando estas dificultan el acceso de la ayuda a quienes la necesitan. Es en este principio donde encuentra sentido el auténtico derecho a la injerencia humanitaria tan vapuleado también por intereses espurios de ejércitos de gobiernos poderosos que esconden tras este título aviesas o inconfesables intenciones.

  •  La independencia, como un estado de conciencia que nunca pueden asumir quienes promueven las intervenciones militares, y que implica que la ayuda que se necesita no puede brindarla ni pagarla quienes tengan intereses distintos al puro socorro de las gentes necesitadas de la misma, y mucho menos quienes participen en la guerra. En este principio se fundamenta que la inmensa mayoría de las organizaciones de ayuda humanitaria que participan en el auxilio a las víctimas de la guerra de Irak hayan rehusado los fondos que el gobierno español ha puesto a disposición de las mismas. De la misma forma este principio evidentemente también invalida la denominación de ayuda humanitaria a las actuaciones del ejército español en aquél atormentado país.

  • El consentimiento de las víctimas, como seres humanos con derechos y con dignidad, a quienes no es moral ponerles en la tesitura de tener que aceptar el socorro de quienes les han causado el gran padecimiento que sufren.

 

 

 Es preciso desenmascarar este profundo fraude que se realiza sobre la ciudadanía bienintencionada y que insulta el más elemental entendimiento de las gentes. Se publica, por ejemplo, estos días en la prensa que el ejército de Indonesia después de infligir un serio correctivo militar en la provincia independentista de Aceh produciendo una gran tragedia humana entre la población civil, ha prohibido la intervención de organizaciones humanitarias independientes en la ayuda a la población civil desplazada de sus casas. El propio ejército ha asumido esforzadamente esa labor. ¿Alguien cree que la supuesta ayuda humanitaria que vaya a brindar ese ejército busca realmente como objetivo el socorro de las víctimas? ¿Alguien cree que vaya a ser independiente, no discriminatoria, imparcial o universal? Por supuesto que no. La denominada ayuda humanitaria que está dando el ejército indonesio será sin duda una herramienta más para su guerra, favoreciendo con ella a fieles y castigando a rebeldes, apropiándose indecentemente de un término y un concepto muy loable para intentar engañar al mundo sobre sus verdaderas intenciones y para generar más dolor y más sufrimiento.

 

Nadie podía aventurar hace unos años que quienes provocan las guerras y las injusticias iban a apropiarse de esta manera tan indigna de una terminología y una filosofía que tanto tienen que ver con la paz y con los derechos humanos, hasta llegar a darnos en nuestras propias narices con ellas para justificar lo injustificable y para hacer propaganda de todo lo contrario a lo que en realidad significan. Hasta tal punto que cada vez se hace más peligroso y difícil el trabajo de las auténticas organizaciones humanitarias independientes una vez que esa terminología se usa para justificar cualquier tropelía. Todo lo avanzado en años de trabajo serio y esforzado de miles de personas que trabajan en organizaciones humanitarias independientes puede desaparecer en cuanto la sospecha y la convicción de que todo es lo mismo prenda en el sentimiento de gran parte de la gente. Hará falta mucha pedagogía y mucho tiempo para desenmascarar esta patraña y para volver a situar en su lugar a un movimiento que nació de la mano de Henry Dunat, fundador de la Cruz Roja Internacional, tras la batalla de Solferino cuando desolado por la visión de miles de heridos abandonados a su suerte declaró que un soldado herido en una batalla deja de ser un soldado para convertirse simplemente en un hombre, y, como tal, toda la humanidad tiene obligaciones en su atención y en su supervivencia.

 

 

José Manuel Díaz Olalla
(Publicado en la Revista "Temas para el Debate", Junio 2003)

sábado, 6 de abril de 2002

Pobreza, enfermedad y conflicto


Si es cierto que el mundo ha progresado proporcionalmente más en los últimos cincuenta años que en toda la historia, no lo es menos el hecho de que la desigualdad entre las naciones es una de las características que mejor definen al mundo contemporáneo y sobre todo al del final del siglo XX. Este fenómeno se traduce, sobre todo, en las grandes diferencias existentes entre los pueblos en el acceso a bienes y servicios básicos, y es consecuencia de los procesos económicos que, con diferentes resultados, se han experimentado en las últimas décadas.
Algunas investigaciones recientes parecen demostrar que los principales factores que intervienen en los conflictos actuales tienen que ver con las dificultades económicas, los problemas de acceso a la propiedad de la tierra en el mundo rural, la religión y la inestabilidad política. África Subsahariana puede ser el ejemplo paradigmático de lo que estamos hablando. En la actualidad, esa parte del continente africano, nunca ha estado más lejos de lo que podemos definir como parámetros básicos de salud. La pobreza y la enfermedad en esa zona del mundo están tan íntimamente ligadas que se retroalimentan en un proceso que amenaza literalmente con acabar con cualquier esperanza de mejora y progreso de los pueblos: el SIDA afecta en la zona a más de 24 millones de personas, la mayoría jóvenes y niños, y está consumiendo los escasos recursos disponibles para otras prioridades de salud y para cualquier programa destinado a mejorar el bienestar social. El SIDA, en África, es causa de pobreza. La pobreza, en África, es causa de la terrible extensión del SIDA.
La tasa de mortalidad materna -un indicador básico del nivel de salud de la población y, a la vez, de la cantidad y la calidad de la atención sanitaria- alcanza cifras escalofriantes en países del África Subsahariana y del Sudeste Asiático: tasas de más de 1.000 muertes maternas por cada 100.000 nacimientos, cuando la media en países de rentas bajas es de 500 por 100.000 y en los países desarrollados apenas llega a 20 por 100.000. Estas altas tasas son consecuencia de factores como el escaso porcentaje de nacimientos asistidos por personal cualificado. En algunos países de África, como Somalia, la proporción de nacimientos atendidos por este personal no llega al 2% del total, mientras que en los países desarrollados es del 100%. Cualquier otra dimensión de la salud y de la inequidad que queramos analizar arrojará datos que apuntarán en el mismo sentido.
Las cifras de personas que carecen de lo básico para sobrevivir con un mínimo que garantice un nivel elemental de salud son abrumadoras: más de 1.200 millones de seres humanos no tienen acceso a agua mejorada; 1.000 millones carecen de vivienda digna; hay 840 millones de malnutridos –200 millones son niños menores de cinco años- y 2.000 millones de personas padecen anemia por falta de hierro; 880 millones de personas no tienen acceso a servicios básicos de salud; y 2.000 millones de personas carecen de acceso a medicamentos esenciales. Para resumir, nada menos que el 80% de la población mundial vive en la pobreza. Porque la falta de salud no es ni causa ni efecto de la pobreza: es un componente más de la misma, un hecho consustancial a ella y un parámetro que, quizás como ningún otro, ayuda a identificarla.
A lo largo de los años 90 este proceso de desigualdad mundial se fue agudizando y definiéndose geográficamente de tal manera que situar en el mapa los conflictos y guerras -abiertas o larvadas- actualmente en curso, es superponerlos a las zonas cuyas carencias hemos descrito anteriormente.
La globalización, como fenómeno, arroja, entre otros, un efecto inesperado: la población de los países pobres conoce perfectamente la riqueza y el desahogo con que se vive en otros lugares del mundo y es consciente de esas desigualdades. Se globalizan la información y las corrientes financieras, pero no los derechos de la gente, ni el desarrollo humano, ni el bienestar. Este conocimiento de la desigualdad, una vez referido a la propia situación de carencia de bienes y servicios básicos, es generador de frustración, de actitudes desesperadas, de odio, de integrismo y de violencia. Y no son pocos: nada menos que 3.000 millones de seres humanos pueden sufrir hoy en el mundo este sentimiento de injusticia.
Una gran parte de la humanidad gasta cuatro quintos de lo que gana en alimentación de supervivencia. ¿Qué les queda para comprar las otras cosas que se necesitan para vivir dignamente como el agua, la electricidad o la atención sanitaria?. Sólo puede ser hipocresía o ceguera sin límites el supeditar la ayuda al desarrollo, como se ha hecho recientemente en la cumbre de Monterrey, a la liberalización feroz de las economías de los países menos adelantados, sin entender que es el Estado, y no el mercado, el que debe abastecer a los ciudadanos de los servicios básicos que necesitan.
La fragilidad de los Estados, expresada en su incapacidad para gobernar y prestar servicios, acaba generando conflictos. En una investigación de Price Smith (1996) se demuestra que el bajo nivel de salud de una población está directamente relacionado, en el tiempo, con la baja capacidad del estado para proporcionar servicios sanitarios mínimos y constituye un fértil terreno de cultivo para la inestabilidad: "las prevalencias altas de enfermedades que disminuyen el capital humano, relacionadas con la disminución de la prosperidad nacional, disparan los conflictos inter-élites". El ejemplo arquetípico puede ser Somalia, donde la pobreza y la desestructuración del Estado, incapaz de prestar servicios básicos, ha desembocado en el caos más absoluto. Los indicadores de salud son elocuentes: la mortalidad infantil es de 122 por mil nacidos vivos, una de las cuatro o cinco más elevadas del mundo, y la esperanza de vida no sobrepasa los 47 años. El panorama mundial muestra otros ejemplos elocuentes (Afganistán, Colombia, Argentina, ¿cuántos más?) de hasta qué punto la violencia, la descomposición social y las crisis económicas arrastran a los pueblos a vivir en la pobreza y a soportar cargas extraordinarias de enfermedad y de muerte.
En este sentido, en un estudio encargado en 1998 por la CIA, se identificaban las variables que mejor predecían el fracaso de los Estados: la elevada mortalidad infantil, el alto nivel de aislamiento del mercado y el escaso desarrollo de la democracia (Esty, Goldstone y Gurl, 1968). En este estudio también se ponía de manifiesto que la falta de provisión de servicios básicos genera conflictos al minar la sociedad civil.
El círculo puede tener recorridos inversos que acaban por cerrarse en sí mismos: enfermedades infecciosas, como el SIDA, que comprometen seriamente la supervivencia de niños y jóvenes, merman las potencialidades humanas y económicas de los pueblos y anulan cualquier posibilidad de transición democrática.
Tenemos que concluir con todo lo dicho que es evidente que la prevención de conflictos pasa, obligatoriamente, por la lucha contra la pobreza y contra la desigualdad. La ayuda al desarrollo es, siempre, la mejor inversión para un futuro de justicia para todos y de seguridad mundial. Porque la pobreza sólo genera más pobreza, enfermedad e inestabilidad política en un círculo infernal.



Pilar Estébanez y Manuel Díaz Olalla
Presidenta de Honor y Vicepresidente de Médicos del Mundo.


Publicado originalmente en el Diario el País el 8 Abril de 2002 http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Pobreza/enfermedad/conflicto/circulo/infernal/elpepisoc/20020408elpepisoc_8/Tes), en Surmedia de Urugüay y en otros medios.

Disponible también en:
http://almeriasolidaria.org/pagina%20web%2020%20agosto%2006_archivos/page0063.htm
http://www.ucm.es/info/solidarios/ccs/articulos/pobreza_y_desigualdad/pobreza_enfermedad_y_conflicto.htm

Nota. Las fotografías que ilustran el artículo son del autor y están tomadas en el campo de refugiados ruandeses de Mugunga, en la ciudad de Goma (Congo) en Julio de 1994.

lunes, 1 de enero de 2001

LA EQUIDAD EN LA SALUD: UN RETO QUE SE ALEJA

Pocos aspectos de la atención y el funcionamiento de los servicios sanitarios despiertan tanto interés general y tanto estudio como la equidad. Y esto es así cuando consideramos que todo servicio sanitario tiene que administrar las oportunidades que brinda a los individuos en función de las necesidades de los mismos, y no de los privilegios sociales. Los privilegios sociales, bien sean los determinados por la situación socio-económica, el género, la etnia, la edad, la religión, y otros muchos más, marcan de manera indudable las oportunidades de la gente a recibir o adquirir atención de cualquier tipo. Esta realidad indudable, que cuando se trata de la atención que tiene obligación de ofrecer el Estado es intolerable, se convierte en el paradigma de la injusticia más absoluta si hablamos de los cuidados de salud, toda vez que ellos son un derecho humano fundamental.

Sin embargo hemos incorporado esta situación real al paisaje cotidiano con la mayor de las naturalidades, tanto en el mundo pobre como en nuestras sociedades opulentas. Es más, en todos los niveles de desarrollo, el progreso humano va marcado casi invariablemente por el aumento de la brecha en el nivel de salud y en las oportunidades para mejorar la salud que separa a unos de otros (a los ricos de los pobres, a quienes viven en las ciudades de quienes viven en el campo, a los hombres de las mujeres o a los blancos de los negros), es decir, por el aumento de las inequidades en salud. Es el más palpable de los fracasos de los sistemas sanitarios, y tiene que ver con sus graves limitaciones para funcionar con eficacia y eficiencia, características que deben ser inherentes a la naturaleza de la atención que brindan.

Porque deben ser las necesidades de hombres y mujeres, y no los privilegios sociales, los que determinen cómo se distribuyen las oportunidades para el bienestar. Y el nivel de salud es, entre otros, el resultado de muchas acciones concertadas y multisectoriales entre las que destacan las propias del funcionamiento del servicio sanitario. Este servicio debe concebirse como una prestación social y solidaria que asegure no sólo la igualdad de todos, sino que priorice en sus actividades curativas, preventivas y rehabilitadoras a los más necesitados de él. Por lo general admitimos que cuando adopta la forma de Servicio Nacional de Salud (SNS) se conforma más adecuadamente para cumplir sus funciones de manera útil, justa y equitativa, esto es, cuando adopta la forma de universalidad, gratuidad, y financiación y gestión públicas. Pero no basta con esta forma de organización, se hace necesario, además, que el propio servicio se comporte como un ente activo y dinámico, con capacidad de adaptación a las realidades cambiantes de la gente, con posibilidades para informarse de ellas, para evaluar el impacto de sus intervenciones y con clara voluntad política de sus gestores de priorizar la oferta que presta en función de las necesidades de los más desfavorecidos cuando estas sean abordables y modificables.

Pero ¿cuál es la realidad mundial, al comienzo de este siglo, en lo que respecta a la necesaria equidad en salud?. Un somero repaso a la situación de salud de la gente en el mundo nos señala con claridad que la inequidad es el panorama más general. Y, como quedó dicho, en todo nivel de desarrollo humano. Las mayores cargas de muerte y enfermedad las soportan, en todos los lugares, los más pobres y aquéllos que conforman la larga lista de los menos incluidos socialmente. Es más, en muchos países del Sur, en África, Asia y América Latina, aunque en lo formal dicen estar dotados de un SNS, lo cierto es que éste en la práctica no llega más que a un porcentaje pequeño de población (generalmente la que habita en grandes urbes), por lo que éste límite de cobertura real arroja a millones de seres humanos a la falta completa y absoluta de asistencia sanitaria pública. En otros lugares de este mundo pobre, en particular en América Latina, donde llega este SNS se exige a los pacientes que paguen o copaguen el servicio público que reciben, excluyendo de él, en la práctica a los más pobres y abandonados. En todos estos lugares las prestaciones que se ofrecen son tan limitadas o la calidad de la atención tan deficiente que quienes necesitan atención no acuden a ellos y, al no poder comprar esa atención en el mercado, se refugian en las prácticas sanitarias tradicionales o informales.

En nuestro mundo desarrollado, con SNS sólidos y potencialmente capacitados, se está viviendo un proceso real de desestímulo y descapitalización de la asistencia sanitaria pública al socaire de los nuevos conceptos de neoliberalismo a ultranza y de la globalización peor entendida, y que busca incentivar de hecho a los sistemas privados de atención y está condenando a enormes grupos de personas a la exclusión y a la precariedad en los cuidados de la salud. La inequidad más flagrante es el panorama imperante en la atención sanitaria de este mundo.

Hubo tiempos mejores, y otros conceptos y otras metas mucho más halagüeñas se dibujaban en el horizonte humano. En 1978, en Alma-Ata (Kazajstán) y auspiciado por la OMS y UNICEF, se efectuó la conferencia internacional que definió como Atención Primaria de Salud a la estrategia sobre la que se comprometían a trabajar la mayoría de los países del mundo para mejorar los niveles de salud de la población y sobre la que se articuló un sensato programa de metas y objetivos por niveles de viabilidad de zonas y países que se llamó Salud para Todos. Leer hoy las conclusiones y el espíritu de aquélla cumbre y encontrar, entre ellas, afirmaciones tan importantes como que la salud es un derecho humano fundamental y que los gobiernos son los responsables de que ese derecho sea una realidad para todos, es como retrotraerse a un mundo que nunca existió. Y cualquier somero análisis sobre logros y políticas mundiales y nacionales de salud que se instauraron en estos 23 años nos indican que, con todas sus dificultades, fue un camino que mereció la pena recorrer. En este periodo millones de personas en todo el mundo han aumentado su esperanza de vida (de 48 años a 65 años de media mundial), han disminuido notablemente la mortalidad infantil y la materna sobre todo en los países pobres, y hoy mueren por enfermedades evitables en todo el mundo la mitad de las personas que morían por ellas en aquél año significativo. Es evidente que el espíritu de aquélla conferencia histórica ha jugado un papel impulsor extraordinario en modificar las políticas sanitarias que han propiciado estas mejoras, muy particularmente los aumentos mundiales en la cobertura de vacunaciones, la eficacia de los programas de atención materno-infantil en África y América Latina, y las mejoras en disposición de agua potable y saneamiento básico en especial en los países más atrasados, podemos situarlos sin duda en la base de estos logros.

Pero no todo son luces en estas últimas décadas. Muchas más sombras han quedado, no obstante, como resultado de una iniciativa internacional que no cumplió sus expectativas de darnos salud a todos en el año 2000. Sombras que son locales (52,2 millones de las muertes registradas en el mundo en 1997 lo fueron por enfermedades infecciosas prevenibles) y que también son regionales (el África subsahariana ha retrocedido en sus niveles de salud previos y muchos de sus países parecen introducirse en un pozo del que nunca podrán salir sin la permanente ayuda internacional). Sin embargo, este panorama dispar, que es una permanente denuncia sobre la inequidad en salud, lejos de situarnos en la denuncia y el abandono de aquél espíritu esperanzador dándolo por estéril y fracasado, debe ayudarnos a perseverar en políticas y estrategias que busquen la equidad y el progreso de los pueblos. Algo muy diferente del mensaje que ahora se difunde como panacea del futuro, al que se pliegan sin objeción instituciones internacionales que, como la OMS, deben velar por el derecho a la salud de todos, y que responden más a los intereses de este universo global de unos pocos (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional) que a la justicia y a los derechos humanos de los más pobres.

Se quiere instalar ahora la cultura para todos de que aquéllos SNS están abocados al fracaso cuando lo público cuenta cada vez menos y el mercado lo debe dirigir todo. El concepto de universalidad se ha revisado (informe mundial de la OMS de 1999) a la baja y lo que antes era atención básica para todos es ahora un para todos sí, pero sólo lo que se pueda. Es decir nada o muy poco. Nos dicen también que hay que comprender que el Estado no puede ser el único responsable de la salud de la gente si no que también es una obligación de los propios individuos, del mercado y de las organizaciones humanitarias internacionales el velar por la salud y prestar la atención. Curioso sarcasmo para el campesino de Alta Verapaz (Guatemala) o de Tutuala (Timor Oriental) que nada tiene y que, por tanto, nada puede pagar. Al mercado, nos dicen y preguntamos ¿a qué mercado le interesa vender atención sanitaria a quien no puede comprarla? Si nadie puede pagar y nadie la va a vender ¿qué nos quieren decir? Pues que las cosas sigan igual, que aquí no ha pasado nada y que la realidad es que millones de seres humanos deben seguir sin esperar nada. Al mercado, resaltan, y como si ante un siempre pagan los mismos estuviéramos, diremos que precisamente quienes más confían en el mercado como motor social y más preconizan estas teorías que denunciamos (la mayoría de los países ricos con la penosa excepción de Estados Unidos) son quienes menos han dejado en esas manos la atención sanitaria de la gente y han desarrollado sólidos SNS, aunque vivan el actual periodo de precarización que hemos comentado antes. Y ha sido así siempre así porque indudablemente el mercado nunca ha sido eficiente en la atención a la salud y nunca garantiza la equidad necesaria y justa.

Que todo fue un sueño y que la equidad en la salud, la justicia, la igualdad y los derechos humanos son cuestiones que solo cuentan para unos pocos. Es lo que nos venden en este mundo global y es una obligación moral de todos luchar contra ello. Es preciso recuperar los espíritus y las políticas que impulsaron el progreso y el desarrollo en décadas aún cercanas y, en todo caso, corregirlos al alza en sus defectos y sus carencias. Es un compromiso que todos tenemos con esta humanidad.


José Manuel Díaz Olalla
Pilar Estébanez Estébanez

lunes, 10 de enero de 2000

PADRE HILARIO














El Hospital de las Hermanas de San Paul de Chartre, en Suai, Timor Oriental, era algo así como un oasis en mitad del desierto. Como un reducto de paz insospechada en el centro del infierno. Las novicias filipinas y timorenses de capas blancas recién planchadas correteaban por sus pasillos, cuchicheaban en cada rincón cuando el visitante miraba para otro lado y rompían la tarde, ya agonizante, con sus carcajadas sonoras de chiquillas malcriadas. Tras la visita detallada , sala por sala, sister Mary, la Superiora no lo dudó y nos espetó sin remilgos.

- Si quieren saber qué es lo que pasa aquí, vayan a ver al párroco, el padre Hilario. Él les contará. Pero váyanse ya...no esperen a que se haga de noche.

La noche era mala compañera en Timor Oriental ya en el mes de Junio. Hoy, según cuentan, solo hay noche y dolor. Suai, en el sur oeste de Timor Oriental, ya casi en la frontera con el Timor indonesio, era el epicentro de una de las zonas más desangradas por la violencia y la barbarie. Pocos, nos decían, se atrevían a viajar hasta Suai. Y si te notaban decidido siempre te intentaban disuadir con historias terribles rebosantes de sangre y crueldad que ocurrían por aquéllos pagos dominados impunemente por las milicias proindonesias. Había, no obstante, que viajar a Suai. Las noticias, las sospechas, casi la evidencia, indicaban que en aquélla zona se encontraba la población más necesitada, la más pobre, la más humillada por la injusticia y el odio. Era difícil llegar a Timor a evaluar los inmensos problemas de la gente sin pasar por Suai. Isabel y yo lo pensamos un poco pero al final nos decidimos.

Y allí estábamos. La furgoneta de los salesianos serpenteaba renqueante por aquéllas calles. En la parte delantera father Evaristo y sister Rosita, auténticos pasaportes para nosotros, levantaban la mano con cordialidad fingida ante cada control de las milicias proindonesias, que nos franqueaban el paso con mucha desgana y poco interés. Isabel y yo, semiocultos en la parte trasera observábamos a través de los cristales ahumados los rostros duros de los milicianos. Rostros fríos, terribles para nosotros, encintadas las frentes con tela de color rojo y calados al cinto de afilados machetes caseros. Era Junio, otra época, casi un siglo. Era cuando los curas y las monjas eran respetados por los asesinos, y andar con ellos era una garantía para tu vida y tu seguridad. Eso pasó según nos cuentan y hoy, en esta locura sin nombre que vive aquél país, ellos, la auténtica, la única esperanza de este pueblo atormentado, están en el filo de cada navaja, en el punto de mira de cada fusil.

Junto a la iglesia en construcción estaba la casa del párroco de Suai. En la puerta unos cuantos niños descalzos, desnutridos y sucios correteban sin descanso. Llamamos y esperamos unos minutos. Entre las matas del patio apareció, de repente, su figura curtida. Era un timorés de unos cincuenta años, de ojos tristes, manos encallecidas y hablar melodioso. Nos sentamos en el patio de la casa, al cobijo de los marabús de oriente ya floridos que querían estallar en cada tallo, y, muy atentos, con la esperanza de que de aquéllas palabras del padre Hilario, que brotaban en una mezcla de inglés, portugués y tetum, escuchamos el relato.

- La situación aquí es muy difícil. Todo lo controla milicia proindonesia que ha implantado un régimen de terror que hace imposible poder vivir. La semana pasada tuve aquí en la iglesia a quinientos refugiados que habían huído de los pueblos próximos porque había entrado la milicia a matar a los proindependentistas de cada pueblo. Casi no tengo comida que darles, ni nadie atiende sus enfermedades, ni hay medicinas. Es una situación límite. Continuamente desaparece gente del pueblo. Hace unos días que no veo a mi sacristán y, cuando pasa esto, es mejor ni preguntar, te puedes buscar un problema si lo haces. Los asesinan y los hacen desaparecer.

Tomó aire, levantó los ojos y siguió hablando casi a borbotones.

- Todos los días se encuentran cadáveres en el campo. Algunos los traen hasta aquí y como podemos los identificamos, les hacemos la autopsia en mi casa para documentar la causa de la muerte y les enterramos. Tiene que quedar constancia de lo que pasa. Esto no puede seguir así.

Sentimos por un momento enmudecer su voz, mientras repetía como absorto "esto no puede seguir así". Asistíamos perplejos a aquél testimonio, uno más de tantos recogidos en esos días sobre la auténtica barbarie crónica que azota a aquél país desde hace 25 años, cuando no pude ahogar de nuevo una pregunta.

- ¿Y usted?

- ¿Yo? Aquí si te significas por la causa de los pobres estás perdido. Si defiendes sus derechos elementales, les atiendes, les ayudas, eres uno más de sus enemigos. ¿Por mí me preguntas?. Me siento muy mal. Creo que estoy en peligro. El domingo pasado, en la plaza del pueblo, hubo un mitin por la integración en Indonesia. Allí habló el jefe de la milicia de aquí, Eurico Guterres y explicó que él personalmente había dado muerte a más de cuatrocientas personas pero que aún le faltaba uno, el padre Hilario. Explicó que soy un sacerdote, pero que también soy un hombre, y como soy un hombre y él mata a los hombres puede matarme a mí también.

Nos miramos por un momento todos. Sister Rosita observaba como ausente a los niños que jugaban en la calle, father Evaristo levantó sus ojos del cuaderno en el que tomaba notas, e Isabel entornó los ojos como analizando si había entendido bien en aquélla torre de Babel en la que estábamos inmersos. Aún no sé qué nos sorprendió más en ese momento, si el relato en sí o la espontanea serenidad con que aquello salía de sus labios. Me traicionó mi propia curiosidad perpleja y detuve inutilmente la pregunta que me pedía a gritos salir de la boca. Digo inutilmente porque el padre Hilario, la contestó sin que la hiciera.

- No me puedo ir de aquí porque aquí me necesitan. Mi obligación está con esta gente. Debo estar aquí con ellos.

Aún me pude sobreponer por un instante como sacando las fuerzas que aparentasen más la frialdad del técnico que el corazón del doliente.

-¿Y no tiene miedo?

-Si hijo, mucho miedo.....

No sé con certeza si fueron las últimas palabras que le escuché al padre Hilario, pero la verdad es que ya no recuerdo ninguna más. Se quedaron ahí, como resonando en mi cabeza, mientras el viento subía de tono y las ramas de aroma agitaban sus hojas como si se hubieran empeñado en darnos la despedida. Creo que aún tuvimos tiempo, en la misma puerta de la calle, de asaltar al padre Hilario con otra cuestión.

- ¿Usted quiere que denunciemos todo esto que nos ha contado?.
- Sí, háganlo. Creo que ya se sabe todo esto. No sé si servirá para algo, pero cuéntenlo.

Volvimos al hospital atravesando las calles desiertas de Suai. Era de noche y desde las ventanas ahumadas de la furgoneta aún pudimos observar algunos rostros de los milicianos que imponían la ley de la sangre en una ciudad sin ley. Hacía calor pero casi sentíamos frío. Ese frío que sin duda se siente después de haber conversado con franqueza con un hombre condenado a muerte. Con un hombre injustamente condenado. Con un hombre por el que, ¡ay!, en tu pequeñez inútil, no puedes hacer nada para salvarle la vida.

Tuvimos tiempo de contar al día siguiente en Dili lo que habíamos visto y oído en Suai. Hablamos con los padres salesianos quienes ya conocían la situación de aquél pueblo y su párroco. Con un funcionario de Naciones Unidas y con el corresponsal de El País. Todos, ellos y nosotros, tomaron buena nota. Todos, ellos y nosotros, apuntamos la grandeza y la tragedia presentida del padre Hilario en nuestros cuadernos y, como el poeta, pasamos de nuestro corazón a nuestros asuntos. Tan solo el padre Hilario se quedó allí, donde estaba, cumpliendo con los suyos, cerca de quienes le necesitaban.

Pasaron algo más de dos meses y de la tragedia anunciada que asola a un pueblo pobre y perseguido, solo nos llega ya lo que cada mañana nos traen los periódicos que desgranan, un día tras otro, la crónica reincidente de la muerte prevista, del genocidio planificado y advertido con toda antelación:

Diario El País, 7 de Septiembre de 1999, pagina 3: ".... Entre las matanzas de las que se tuvieron noticias en el día de ayer fuera de la capital cabe destacar cien refugiados asesinados en la iglesia de Suai por las milicias prointegracionistas. Al parecer entre los muertos se encuentran dos curas y dos monjas...."

Diario El País, 8 de Septiembre de 1999, pag. 2: ".....Uno de los sacerdotes asesinados hace dos días en la iglesia de Suai es el padre Hilario Madeira, párroco de aquélla localidad. El sacerdote timorés, según relató este periódico el día 21 de Junio, se encontraba amenazado hace tiempo por el jefe de la milicia anexionista local. Al fín, ha cumplido su amenaza......"

Pasa uno las hojas de los periódicos y siente como que pasara las páginas de un cuento del que ya conocía el final. Un final triste y sabido. Un final que sabe amargo cuando piensas que nadie hizo nada por cambiarlo. Cuando piensas que tú tampoco hiciste nada por cambiarlo.

Cuando te preguntas , como Saramago, cuánta humanidad hace falta que muera para que se levante esta humanidad.


José Manuel Díaz Olalla
(Publicado en "Amigos de Hacinas", en el año 2.000)


Nota.- Isabel Herrán Y José Manuel Díaz Olalla realizaron una visita exploratoria a Timor Oriental durante el mes de Junio de 1.999, con el fin de conocer la situación en aquella excolonia portuguesa para poner en marcha un proyecto urgente de Acción Humanitaria en favor de la población refugiada.

sábado, 1 de enero de 2000

DESPUÉS DEL MITCH

Algo más de un año después del paso de aquél auténtico caballo de Atila que fue el huracán Mitch, el panorama al que podemos asomarnos en esa geografía atormentada de Centroamérica es bastante más desolador del previsto por todos apenas unos meses después de la tragedia. Y no es malo plantear por qué tantas expectativas generadas tras todos los compromisos manifestados por la comunidad internacional no han llegado a plasmarse aún en auténticos avances hacia el desarrollo de la región.

No debemos dejar de recordar que fue la comunidad internacional la que prometió aportar 9.000 millones de dólares para paliar los estragos del huracán, pero, a día de hoy, por Centroamérica parece que nunca pasaron. Sería bueno que las cifras no se convirtieran en un espejismo más y que fueramos capaces de desmenuzarlas en sus auténticos conceptos. La mayor parte de esos recursos no son donaciones en si mismos –es decir no es dinero a fondo perdido- si no que se trata de créditos blandos, que deben devolverse en buenas condiciones, y se destinan en su mayoría a la compra de materiales con objeto de la reconstrucción. Si consideramos que gran parte de las compras deben hacerse en otros países comprenderemos que este capítulo de la ayuda incrementará a medio y largo plazo esa tenaza imposible de superar para la región y que se denomina deuda externa. Otra gran cantidad de fondos contabilizados en esa cifra millonaria son partidas ya comprometidas en la ayuda a Centroamérica previa al paso del huracán que no han sido más que reorientadas tras la tragedia. Quedaría una cantidad mínima (en el caso de la ayuda oficial española apenas 5.360 millones de pesetas de los 81.000 anunciados como cooperación de nuestro pais) como ayuda no reembolsable, es decir donaciones sin retorno para paliar la emergencia.

Si acaso se ha conseguido que el vértigo de las cifras no confunda el sentido de las mismas sería bueno, 14 meses después, atender a un somero balance de los incumplimientos registrados en esa ayuda oficial. La Unión Europea, por ejemplo, no ha desembolsado nada de los 270 millones de dólares que prometió. El Banco Interamericano de Desarrollo (uno de los promotores de la reunión internacional de Estocolmo donde se anunció a bombo y platillo un auténtico Plan Marshall para la región) aún no ha puesto sobre la región ni un 25 % de los 3.000 millones de dólares prometidos. No tenemos espacio ni tiempo para abordar el destino de las ayudas oficiales, pero todos los datos apuntan a que gran parte de las obras de reconstrucción de infraestructuras que se han abordado a través de las ayudas internacionales (carreteras, puentes) han sido redestruidas por las lluvias de los últimos meses, o se han dirigido a zonas simplemente poco castigadas por el fenómeno meteorológico de Otoño de 1998 pero sobre las que había intereses y compromisos bilaterales previos.

Destacaremos no obstante que de toda la ayuda oficial española menos de un 3 % (2.200 millones de pesetas) se ejecuta en forma de ayuda a través de las ONG y que son estos programas los que, sin duda, más problemas están resolviendo al desarrollarse sobre la base de las necesidades de la población más afectada por la tragedia. Son las propias ONG las que trabajan dia a dia y codo con codo con las Organizaciones locales que agrupan a los afectados o con sus Instituciones más cercanas, las que han definido las intervenciones en análisis compartidos con los beneficiarios directos y los que vigilan en el terreno y sin intermediarios plazos y consecución de objetivos. No olvidaremos que gran parte de los recursos que las ONG españolas están destinando a la reconstrucción provienen de donativos privados aportados directamente por la sociedad civil. La respuesta de la sociedad española en ayuda a los damnificados centroamericanos fué espectacular, alcanzando cifras de captación de fondos por parte de las ONG jamás alcanzada antes. Muchos factores intervinieron en ello y en que fuera nuestro país quien más movilizara a la opinión pública: cercanía cultural, magnitud de la tragedia, afectación de sectores pobres y vulnerables, comprensión colectiva de la injusticia que supuso el huracán al ensañarse en personas inocentes, capacidad de respuesta rápida de algunas ONG, respuesta mediática y persistencia de los efectos en los medios de comunicación. En cualquier caso esa enorme reacción confirma la tendencia de la opinión pública española a respuestas solidarias puntuales de gran intensidad y muy convocadas por el sentimiento hacia los más desvalidos. La comparación con la escasa acogida a otro tipo de campañas o iniciativas de cooperación al desarrollo a medio plazo, o la desigual respuesta ante catástrofes humanas con motivo de conflictos armados o situaciones de violencia (más recientemente las graves crisis humanitarias de Kosovo o de Timor Oriental por poner dos ejemplos) nos deben hacer reflexionar a todos.

El panorama no es muy alentador como ven y parece que se frustran irremediablemente todas las esperanzas que algún día se vislumbraron como la gran oportunidad de Centroamérica para ese salto anhelado al desarrollo regional. Parecía entonces que el impulso internacional que se anunciaba iba a ser capaz no solo de alentar la superación de la crisis brutal que se cernía sobre la región si no de levantarla a cotas de desarrollo antes no imaginadas. Hoy por hoy nos podemos conformar con que las heridas se cicatricen en el menor plazo posible y nada más. Estamos diciendo, por tanto, que cuando la abrumadora mayoría de la ayuda se establece por los cauces bilaterales oficiales de pais a pais y queda condicionada por los intereses mutuos (económicos, políticos, estratégicos) y no por auténticas políticas de colaboración internacional de lucha contra, la pobreza los cambios estructurales que se requieren para situar a los pueblos en el auténtico camino del progreso se arruinan permanentemente. Y reconoceremos, a pesar de lo dicho y en honor a la verdad, que las ONG de acción humanitaria, a pesar de haber constituido una novedad fresca e importante en el panorama de la cooperación internacional, no están aún en condiciones ni tienen la capacidad de ser esa alternativa real que requiere el complejo escenario internacional.

Trajo el Mitch algunos avances en el debate y las estrategias que marcaron algunos hitos destacables. La deuda externa, en este caso de Centroamérica, y su necesaria condonación. Iniciativas de algunos países, entre ellos de España, de plantear una moratoria en el cobro, primero, y en condonarla, después, supuso un avance y un precedente interesante. Falta el asegurar que esa deuda que pasa del debe al haber de los países centroamericanos repercuta de alguna manera en mejorar las condiciones de vida del 80 % de la población que vive en la pobreza y no vuelva a ser una ayuda para el bienestar sin límites de las élites asentadas en el poder. De sobra sabemos que históricamente en Centroamérica durante las crisis las cargas las sustentan los que menos lo pueden hacer y en la bonanza la riqueza se distribuye de manera desigual y, en su mayoría, hacia el bolsillo de las élites dirigentes. Plantea el PNUD por ello que el crecimiento en América Latina es un crecimiento sin empleo (no aumentan los puestos de trabajo), sin voz (crece la economía pero no la democracia) y sin futuro (la actual generación despilfarra los recursos que necesitarán las generaciones futuras). Entonces ¿será posible revertir la inercia de la globalización –solo se globalizan las finanzas y la comunicación- para que los beneficios globales atiendan las necesidades de todos?. ¿Será posible conseguir que el excedente económico que generen algunas condonaciones de la deuda externa centroamericana se traduzcan en políticas sociales? ¿Alguien cree sinceramente que la condonación de la deuda externa a Honduras –por ejemplo y como el tercer país más corrupto del mundo según el Transparency International de 1998- se plasmará en más escuelas, en más puestos de salud, en más letrinas para la población rural y en más respeto para la dignidad de las mujeres, sin más esfuerzo que la firma de un protocolo marco y las oportunas bendiciones del FMI?. Nadie cree en milagros y mucho menos en promesas de quienes nunca las cumplen.

No hay otra alternativa para Centroamérica, y para el mundo, que los cambios estructurales desde la base. Ni siquiera las ayudas faraónicas que se anuncian cuando viene el desastre, y que por cierto luego no se materializan, van a salvar a los pueblos del subdesarrollo, la enfermedad, la miseria y la injusticia. Sobre todo si esa colaboración viene infectada por el principio inamovible de que nada debe cambiar porque a todos nos interesa que así sea.





José Manuel Díaz Olalla
Enero de 2000
Texto en la Revista-Boletín de MdM

lunes, 9 de agosto de 1999

CAMINA O REVIENTA



Los pobres caminan sin cesar. Caminan todo el día. Desde que sale el sol hasta que el sol se va. Sin descanso. Van por agua, que está lejos –el agua siempre está lejos-, van a la tierra a ver si sale el maiz, van al mercado a ver si pueden cambiar algo de arroz por un poco de frijol...Caminan, caminan sin descanso.

Caminan tanto que no tienen tiempo de cuidar a sus hijos, de aprender las cosas que les ayuden a dejar de ser pobres , de asistir al puesto de salud a buscar una medicina que les cure esa maldita tuberculosis que les va royendo por dentro. Como son pobres caminan continuamente, y como caminan sin cesar nunca podrán dejar de ser pobres.

Es la crueldad de la vida. Ese círculo que atrapa como una tenaza maléfica a tres cuartos de la humanidad. Anda o revienta. Y no hay más.

Miro a mi alrededor y no veo más que pobres andar continuamente de aquí para allá. Llevo observándolos desde hace unos días. Cientos, miles de seres humanos, que no tienen nada y, lo que es aún más insoportable, que nunca podrán aspirar a nada mejor; que son como nubes inmensas que se mueven sin cesar, de acá para allá, sin descanso, para no encontrar nunca nada mejor. Y seguir caminando.

Los pobres caminan descalzos y a uno le parece hasta mentira que sin una triste suela puedan subir montes, bajar laderas, pisar el agua y la piedra, la arena abrasante y la maleza espinosa, las ramas secas y los ríos caudalosos. Ves a los pobres caminar y te parece imposible. Es como si tuvieran acero en la planta de los pies. Y hasta en el alma acero blindado.

Quienes más caminan de entre todos los pobres son las mujeres. Las mujeres pobres no descansan ni un minuto: van a lavar, van a cultivar, van a buscar leña, van al mercado, van al pozo, van a buscar a los niños. Las mujeres pobres caminan siempre cargadas, como animales, de todo tipo de cosas. Una mujer pobre acarrea muchas toneladas al cabo del año. Más que usted en toda la vida. Las mujeres pobres son más pobres que los hombres pobres. Seguramente porque no paran nunca de andar y buscar las cosas de todos.

Los pobres unas veces van y otras veces vienen. Les veo moverse sin parar, y observo que a veces caminan buscando justicia y otras veces escapando de otros. Aquí en donde estoy, lejos, muy lejos, las mujeres y los hombres jóvenes caminan cuando cae la tarde hacia el monte, a esconderse de otros pobres miserables que les buscan por la noche en sus casas para matarles. Sin ningún sentido, sin niguna causa. Solo porque quieren otras cosas y los que huyen no tienen cómo defenderse. Y se pasan las noches escondidos entre las palmas, entre los cocoteros, en covachas inmundas, entre matas de aroma y de marabú, como las fieras salvajes, esperando que llegue el alba para salir de nuevo de sus escondrijos y volver a sus casas. Y así un día y otro. Es espeluznante llegar a los pueblos de los pobres de noche y ver que solo quedan viejos y niños aterrorizados, que te miran con recelo porque no están seguros de cuáles son tus auténticas intenciones.

Incluso yo, que no soy pobre, y que por lo tanto camino poco porque tengo un coche en mi puerta, me paso las noches conteniendo la respiración para oir mejor cualquier ruido de la calle por si alguien se acerca a mi casa para hacerme daño pensando que puedo ser pobre o estar a favor de los pobres que huyen.

Los pobres que huyen son tan pobres como los que les buscan. Pero estos se creen que no es así tan solo porque los ricos y poderosos les han dado un arma y les han llenado la cabeza de odio y de radicalismo, y piensan, ilusos, que si acaban con los otros pobres podrán ser ricos también.

Mientras este sistema implacable de la guerra, la represión y el odio, se cierne sobre este pueblo herido y abandonado los pobres siguen caminando sin parar, de día buscando y de noche huyendo. Busca y huye, busca y huye. Es la vida. Y cuanto más se prolonga esta ley de vida y muerte más pobres se ponen a caminar cada día. Y aquí sin duda está el por qué de las cosas: la guerra y el odio traen más pobreza, y la pobreza más guerra y más odio. ¿Quién podrá romper este círculo?. Díganme más ¿quién lo puso en marcha?. ¿Será cierto que para que usted tenga que caminar poco allí en su paraíso miles de pobres deben ponerse a andar cada mañana?.

Sorprende ver a los pobres que caminan sin descanso con qué alegría lo hacen a pesar de la vida cruel que arrastran. Los pobres que caminan llevan siempre una sonrisa en la boca y la mano levantada saludando a todo el que se cruza con ellos: al forastero que pasa, al vecino de enfrente, al policía que les mira con odio, incluso a los otros pobres que de día comparten su miseria y de noche se convierten en dioses de barro que pueden decidir sobre la vida de los demás.

Llevo unos cuantos días viendo pobres caminando sin cesar y creo que nunca ví niños tan pobres como los de aquí: niños sucios medio desnudos, niños desnutridos, harapientos y analfabetos. Niños huérfanos repletos de sarna. Niños que buscan algo de comer, lo que sea. Desde que se ponen a gatear estos niños no paran de buscar algo de comer. Cuando son pequeños y de la teta de su madre no sale ya nada nutritivo, comienza ese caminar perpetuo, al principio medio a rastras, por los alrededores de la casucha de palo y palma buscando alguna raiz o alguna fruta silvestre, porque la poca comida que hay en casa es, sobre todo, para los que caminan más y trabajan todo el día. Y así tiran los mocosos, buscando cualquier cosa que mate el hambre porque si no espabilan pronto será el hambre quien les mate a ellos. Es la historia pequeña de cada día. Porque otro de los sitios hacia donde caminan mucho los pobres es al cementerio: entierran a sus hijos que murieron de hambre, o de diarrea, o de tisis; entierran a sus vecinos reventados de tanto andar para nada; entierran a sus mujeres desangradas en casa mientras parían sin que nadie las asistiera; entierran a algún amigo o a algún hermano secuestrado, torturado y asesinado por las milicias y, luego, arrojado a una cuneta junto a cualquier basurero inmundo.

A estos pobres los acarrean como, cuando yo era niño, el boyero en Hacinas pastoreaba a las vacas en el soto. Es fácil: pegas cuatro tiros aquí, o matas media docena de pobres allí y ya tienes un rebaño de pobres que se mueve cien kilómetros hacia el sur, o hacia el este, donde más interese. Que ni protestan porque no tienen a quién. Dejan sus casas, sus campos, dejan a sus viejos que ya no pueden tirar de ellos mismos y se ponen a andar hacia otras tierras. Sin saber qué van a encontrarse, ni si sobrevivirán a este nuevo éxodo. Sin saber qué comerán o si encontrarán agua o alguna mano amiga que les ayude. Sin saber ni cuántos quedarán en el camino.

Camina y venga. Camina más. Dale otro poco. Mientras más caminas más pobre eres. Pero si algún día te paras, no lo quiera Dios, eso es que ya estás muerto.


José Manuel Díaz Olalla
(Escrito en Dilli-Komoro, Timor Oriental, el día de San Antonio de Padua de 1999)
(Publicado en "Amigos de Hacinas, 1999)


Nota del autor.- Timor Oriental es uno de los territorios más pobres de la tierra. Este pedazo de isla en el sudeste asiático fue colonia portuguesa hasta 1974 en que fue declarada la independencia. Desde entonces se debate allí una intensa guerra entre los partidarios de un país independiente y los que luchan por conseguir su anexión permanente a Indonesia. Fue ocupado por Indonesia unos años después de la descolonización pero la comunidad internacional nunca ha reconocido esta anexión. Tomado por el ejército indonesio que apoya a los grupos timorenses partidarios de la integración en aquél país, la represión, el secuestro y los asesinatos de estos grupos sobre la mayoría de la población que quiere la independencia han convertido esta preciosa tierra en uno de los lugares más atormentados y empobrecidos del mundo, donde se cuentan ya en cientos de miles los muertos y desaparecidos, y donde la mayor parte de la población vive aterrada y sumida en la desesperación, el hambre, la enfermedad y el abandono.