Hay pocas cosas tan identificativas como la voz humana, que es resistente al paso del tiempo, y pocos sentidos tan evocadores como el olfato. Un olor borrado, un aroma archivado en algún espacio virtual del córtex cerebral y sentido nuevamente es capaz de desatar una cascada de recuerdos, sentimientos y emociones que hasta ese momento permanecían agazapados en lo más profundo del olvido. Quizás tan solo el oído le haga la competencia, es un decir, en esa capacidad de devolvernos a sitios y momentos que teníamos enterrados en lo más desconocido de nuestra memoria. Como un olor, un sonido quizás no escuchado en mucho tiempo nos puede devolver sin pretenderlo a un momento o a un lugar del que no constaba registro previo.
Con frecuencia cierro los ojos y repaso algunas escenas de mis años de infancia y adolescencia en Hacinas y me sorprendo de que lo más nítido que siento son los ruidos y sonidos de cada momento del día, algo irrepetible, pues, como si de un ejercicio de arqueología mental se tratara, en su mayoría ya no existen, solo viven en nuestros recuerdos, como vestigios de un pasado que no volverá. Y no lo hará porque quienes los producían o provocaban ya no están o están en desuso.
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