Después de la manta imprevista y abundante, sin aviso para tocar un tentenublo, don…don…don, ni para subirse a un testero por si acaso, el escenario quedaba de nuevo montado para las picias que el mocarrón estuviera dispuesto a protagonizar y que, para sorpresa de nadie, podían abarcar desde ponerse como unas barrederas haciendo barruches en algún charranco adobillado a charcalear a gusto en el primer recalzadero del camino, clas, clas, clas.
No era raro que, escampando, se oyera por calles y plazuelas los rebuznos, hiaa, hiaa, mezclados con el trote cansino y empapado de las burras que venían del lavadero con su carga de ropa mojada, o el chirriar de la rueda de alguna carretilla con la misma carga, güi-güiiii-güi, acompañados de los comentarios de las mujeres, también caladas, que renegando volvían a casa tras la dura jornada de Fuentepeña.
(Para seguir leyendo pulsar aquí)