domingo, 20 de noviembre de 2005

BREVE PARÁBOLA DE LOS MUNDOS SEPARADOS POR UNA VALLA

El pasado 29 de Septiembre, de madrugada, ante la verja que separa Ceuta de Marruecos, muy cerca de la finca de los Berrocal, tres seres humanos cruzaron sin quererlo por unos segundos sus vidas y, dos de ellos, se enfrentaron de manera brutal a sus destinos. Benjamín y Soli, hombre y mujer, veintitrés y diecinueve años respectivamente, ugandeses de nacionalidad aunque se dejarían matar antes de reconocerlo, y con más de dos años de periplo vital a sus espaldas, llegaban por fin ante esa valla cruel sembrada de navajas apuntando al cielo, tras la cual y a través de las brumas temblorosas de la madrugada presentían el paraíso anhelado. Mustafá, miembro de las fuerzas auxiliares de Marruecos, un mehani más de los cientos movilizados la semana anterior desde su cuartel de Tánger, maldecía su suerte patrullando el perímetro fronterizo cuando se encontró de frente con la avalancha de subsaharianos que habían permanecido durante horas agazapados tras los matorrales cercanos. Disparó al aire por dos veces pero de nada sirvió ante la desesperación de aquélla gente que se lanzaba enfurecida sobre la alambrada. Confundido tiró el arma al suelo y se abalanzó sobre una de las rudimentarias escaleras que aquéllos desarrapados habían fabricado para ayudarse a saltar la valla. Logró agarrar la camisa de Benjamín que cayó al suelo con violencia. Si le hubiera ido la vida en ello habría podido derribar también a Soli cuando ya casi alcanzaba cuatro o cinco metros de escalera pero la dejó subir hasta que, tras desgarrarse los brazos y la cara en los espinos metálicos, cayó del lado español. Ella, mientras comprobaba en sus propios huesos y a la fuerza qué tal le sentaba el suelo del paraíso, pudo abrir los ojos para ver a escasos centímetros de la suya, la cara de Benjamín quien, valla por medio y con los ojos empañados sólo sabía decir: “corre, corre, corre...”.

Un año después de este episodio, en la vida de los tres, esos momentos dramáticos serán poco más que un mal sueño, aunque hayan definido para siempre su vida, su suerte y el futuro de ellos y de los suyos. Soli, inmigrante sin papeles, trabajará como empleada doméstica en la casa de María, una señora de clase media de un barrio residencial de Madrid. Benjamín habrá vuelto a su país, aunque no a su pueblo, incapaz de asumir ante su familia que es un fracasado que ha dilapidado la fortuna familiar en un viaje que no ha servido para nada y, por lo tanto, estarán condenados a seguir siendo pobres como siempre lo fueron. “Para eso, piensa él, prefiero que crean que he muerto al naufragar en alguna patera”. Se instalará en otro pueblo e intentará rehacer su vida. Mustafá, por último, y en pago por la cantidad de inmigrantes que logró descabalgar de las escaleras de palo en el mes que pasó en la frontera, será ascendido a suboficial volviendo a su pueblo, un destino tranquilo, y allí se casará con Fátima, tal y como habían previsto sus familias.

Muy probablemente Benjamín morirá antes de cumplir los 46 años. Es, según las estadísticas, lo que le toca como ugandés que vive en una zona rural. La mitad de sus hijos no llegará a cumplir los 40 y, de hecho, de los seis hijos que probablemente traerá al mundo su mujer, al menos uno morirá antes de cumplir los cinco años. Soli, que tuvo la suerte de caer del lado de acá, superará los 75 años de vida, unos diez menos que María, su empleadora, y, ambas, verán como sus hijos (un hijo en el caso de María y dos en el caso de Soli) crecerán y se harán adultos sanos y robustos. Mustafá, en fin, no se queja pues las matemáticas que miden las diferencias internacionales le aseguran que llegará a viejo y conocerá a sus nietos. Le molesta que la mitad de la gente con que se tiene que relacionar no sepa leer ni escribir pues cree que así se limitan mucho sus posibilidades de crecer como ser humano, y le molesta aún más descubrir que su país es, en realidad, un gran proyecto fracasado de producir bienestar para la gente, porque una gran parte de los recursos los atesora una pequeña minoría: Marruecos está situado en desarrollo humano 16 puestos por detrás de lo que le correspondería en función de su nivel de renta, y el 10% más rico de su población tiene doce veces más riqueza que el 10% más pobre.

Soli tuvo suerte cayendo en España y quedándose aquí pues si bien en el barrio suburbial donde crecen sus hijos existe tres veces más probabilidades de contraer una enfermedad típica de la pobreza como es la tuberculosis que en el lujoso barrio de María donde ella trabaja, si esto ocurriera, sus hijos se curarían de esta enfermedad pues tienen la suerte de vivir en un país donde, aunque su madre sea humilde y no tenga papeles de residencia, existe un sistema de salud eficaz que les atiende gratuitamente y en trato de igualdad con cualquier otro niño español. De hecho mientras los hijos de Benjamín vivirán toda su vida sin ver un médico ni por televisión (primero porque allí no existen galenos y, segundo, porque posiblemente no verán nunca ese aparato ya que a aquél alejado pueblo de Uganda no llega la energía eléctrica), en España alcanzamos la notable tasa de 320 médicos por cada 100.000 habitantes.

Tanto es así que mientras los dos embarazos y partos de Soli serán atendidos por médicos y enfermeras bien preparados, los de la mujer de Benjamín los atenderá, con suerte, una partera tradicional del pueblo, seguramente una mujer analfabeta y ruda que hace lo que puede siempre en condiciones muy precarias. De esta manera mientras para Soli el riesgo de morir en España por motivo de un embarazo o un parto es casi inexistente hoy en día, ese riesgo en la mujer de Mustafá es 50 veces superior, y aún es unas doscientas veces mayor el que corre la mujer de Benjamín en aquel pueblo perdido de África.

En ese país-paraíso a donde ha logrado llegar Soli 11 individuos de cada 100 son pobres. En el barrio del sur de Madrid donde vive, casi la mitad de la población es inmigrante, y la renta per cápita es más de dos veces y media inferior a la del barrio de María, su jefa. Ella, inmigrante sin papeles, cabeza de una familia monoparental y analfabeta es una de las once pobres que dicen las estadísticas que existen entre cada cien individuos de su barrio. No se queja porque en su país de nacimiento es pobre uno de cada dos. “Y ser pobre aquí no es lo mismo que serlo allí”, piensa ella de vez en cuando como para descargar su conciencia. Lo piensa y tiene razones. De hecho ella tiene mucho menos de lo que le corresponde porque todos los meses envía a su familia 150 euros que, para ellos, es un capital. Bueno, para ella también. Pero puesto allí les permite escapar de la pobreza feroz que afecta a la mitad de la gente, pues con esa ayuda podrán acceder a agua potable, a energía eléctrica tras adquirir un pequeño generador y puntualmente algo de petróleo, y a mejores raciones de comida. En un país como aquél donde el Estado no existe y, por ello, no atiende ninguna necesidad de la gente, y las cosas más elementales hay que comprarlas, ese dinero asegura que, al menos, no morirán sus hermanos por no poder comprar un antibiótico o que sus sobrinos, si quieren, podrán ir a la escuela.

Soli, que a pesar de sus carencias formativas es una mujer con grandes preocupaciones sociales, vive sobresaltada permanentemente al sopesar que la posibilidad de adquirir SIDA en su país es siete veces mayor que en España y, temiendo por su familia, considera que si a alguno le afectase esa enfermedad moriría irremediablemente pues el coste de un tratamiento allí es imposible de pagar. Ni siquiera con su ayuda desde aquí. Se sosiega pensando que si eso le pasase a alguno de sus hijos el Servicio de Salud español correría con los costes del tratamiento. Por todo ello no para de aconsejar buenas prácticas sexuales a sus sobrinas (sabe que el riesgo para ellas es más del doble que para sus sobrinos) a través de sus cartas y, siempre que puede, envía para allá todos los preservativos que consigue en el Centro de la Cruz Roja que queda cerca de su casa.

Benjamín, fracasado y viudo a edad temprana, no sabe que él es uno de los más de seiscientos millones de personas que este mundo globalizador y globalizado ha tirado a la basura como el que se desembaraza de un pesado lastre que le impide avanzar. Que él forma parte de ese 10 por ciento de la humanidad, la que vive en África por debajo del Sahara, que ni cuenta ni importa. Que sus problemas nunca figurarán en agenda alguna de prioridades y que el PIB per cápita de su país, quince veces más pequeño que el de cualquier país de la OCDE, es una calderilla molesta que ningún otro, en este mundo opulento, se agacharía a recoger aunque se la encontrase por delante. Benjamín no sabe, aunque algo sospecha, que sus desgracias son el resultado de unas relaciones internacionales injustas que han estancado la economía de su país (Uganda ha crecido un 0,1% anual en los últimos trece años), predisponiendo a sus gobernantes a temer más a sus propios vecinos (por lo que dedican a la compra de armamento un 2,4% del PIB) que a la ignorancia de su propia gente, ya que en vencerla emplean tan sólo el 1,5% de ese PIB.

A Benjamín, que aún no ha podido olvidar la cara ensangrentada de Soli aquélla madrugada terrible aunque no ha vuelto a saber nada de ella, le haría gracia saber que en nuestro paraíso inalcanzable a veces discutimos sobre los motivos que les impulsa a venir hasta aquí jugándose la vida y gastando todos sus ahorros en el empeño. Se reiría hasta el paroxismo si supiera que hay entre nosotros quienes apuestan porque ese impulso procede del hecho de que damos papeles con facilidad a los que llegan. Seguramente pensaría cómo es posible que nosotros, que somos tan listos, no nos hayamos dado cuenta de que el auténtico efecto llamada es la pobreza, el abandono y las diferencias intolerables de este mundo en que vivimos. Y que sólo luchando contra ellas estaremos combatiendo de verdad esa necesidad imperiosa de salir de sus países que afecta a miles de personas. Quizás no sepa nunca que este país al que anhela llegar dedica a ayudar a otros países más pobres unos 37 dólares por español y año, la mitad que el resto de los países de la OCDE de altos ingresos, y que, de ese pequeño monto tan sólo 4 dólares van a parar a los países que, como el suyo, más lo necesitan.

Benjamín, padre viudo de cinco niños en edad escolar aunque sin escuela, mal vacunados y peor comidos, la noche en que estuvo a punto de tocar el paraíso supo que estaba en el camino correcto. Lástima que se le cruzara aquél mehani desagradecido traidor a su propia clase. El retorno a su mundo le ha vuelto a convencer de que debe volver a intentarlo. Y esta vez sabe que no regresará. Porque si no tiene más remedio está dispuesto a dejar la vida en el intento. No tiene la certeza absoluta pero intuye que aunque desde aquí, desde el paraíso, pidamos a todos los mehanis que vigilan la frontera desde el lado de allá que les revienten las manos si lo vuelven a intentar, nuestra conciencia está tan a disgusto con lo que hacemos que, en cuanto caigan del lado de acá, correremos como locos a vendárselas.


José Manuel Díaz Olalla

Texto publicado en Temas para el debate, ISSN 1134-6574, Nº. 132, 2005 (Ejemplar dedicado a: El rumbo de Europa) , pags. 61-63.

viernes, 1 de julio de 2005

La atención internacional a las víctimas de los desastres

Mucha propaganda, pocos hechos.



El 26 de Diciembre del año 2004, el desplazamiento de unos 20 metros de una de las cuatro placas tectónicas que confluyen en el Sudeste Asiático liberó una potencia equivalente a 30.000 bombas atómicas, produciendo un maremoto que, tras generar una terrible ola sísmica (tsunami) provocó unos 300.000 muertos. Un triste récord de mortandad tan sólo superado por la mayor catástrofe en vidas humanas conocida: la provocada por el terremoto ocurrido en Shansi (China) en el año 1556 que causó aproximadamente 830.000 fallecidos. El tsunami dejo, además, más de un millón de personas sin hogar, y generó pérdidas económicas superiores a 10 mil millones de dólares.

Cada vez se observa más nítidamente la relación inapelable que existe en determinadas zonas del planeta entre deterioro medioambiental por efecto de la acción humana y vulnerabilidad de las poblaciones ante los desastres naturales. En Centroamérica, por ejemplo, los estudiosos no abrigan duda alguna respecto a la franca correlación entre la intensiva deforestación y el incremento de las inundaciones y los deslizamientos de tierras. En este contexto también resulta muy evidente la conexión entre el calentamiento que se está registrando en la corteza terrestre y la frecuencia de determinados fenómenos naturales extremos, como pueden ser las depresiones tropicales.

El elevado número de muertos registrados en el evento del que hablamos no es fruto de la casualidad. La elevada densidad de población en las costas de los países afectados, donde una gran parte de las personas habita en asentamientos sin condiciones, les convierte en especialmente vulnerables ante este tipo de fenómenos. En el Sudeste Asiático más de tres cuartas partes de la población vive en las costas porque dependen del mar para su alimentación (del mar dependen los empleos y los ingresos de la mayoría), ya que el pescado es la proteína más barata que allí es posible encontrar. Pero la sobreexplotación de los recursos naturales se sitúa también en la base de la magnitud del desastre. En esta zona del mundo en los últimos años se han talado miles de kilómetros cuadrados de manglares, que tienen un conocido efecto amortiguador de los efectos del mar sobre la costa, con el objeto de intensificar al extremo el cultivo de los camarones que luego se consumen en Occidente. Los arrecifes coralinos están registrando una suerte similar y, aunque las barreras naturales no hubieran evitado la formación del tsunami de Diciembre, posiblemente hubieran disminuido su efecto. La importante presencia de turismo en algunas zonas de aquélla parte del mundo tampoco ha contribuido a mejorar el efecto del desastre ya que el rápido y anárquico desarrollo de esta actividad económica casi siempre tiene un efecto negativo para las condiciones medioambientales. Si admitimos por tanto que estos fenómenos son multicausales, no debemos desdeñar entonces el importante peso que la pobreza y las deficiencias que le son consustanciales en infraestructuras, en vivienda y en comunicación, tiene sobre el resultado final del desastre.

En una época en la que tanto se habla de las amenazas a la seguridad mundial conviene decir que cuando la seguridad humana se halla amenazada en cualquier parte del mundo puede afectar a la seguridad de la gente de otras partes. O de todas. Las hambrunas, los conflictos étnicos, la desintegración social, el terrorismo, la contaminación y el tráfico de drogas ya no se limitan a las fronteras nacionales. Surgen permanentemente retos a la seguridad global porque las amenazas del interior de los países afectan enseguida a los demás, como lo hacen los gases que producen el efecto invernadero o el narcotráfico. Pero con frecuencia interesada se olvida que otras amenazas siembran su mundialización a causa de las disparidades entre los países, que impulsan a millones de personas a abandonar el suyo y dirigirse a otro con el objeto de mejorar su nivel de vida. Y la desigualdad respecto al ingreso y al poder político produce una frustración que con frecuencia se transforma en conflicto civil entre grupos, ya se trate de étnicos, religiosos o sociales.

El proceso de urbanización del mundo, en especial en las circunstancias de falta de planificación y de desarrollo de infraestructuras y servicios en que se produce en los países pobres, determina un exceso importante de riesgo vital para las personas. Así en los países ricos, donde el 75% de las personas vive en ciudades, tan sólo el 6% lo hacen en asentamientos precarios, mientras que en los países en desarrollo, con un 40% de la población urbana, habitan en asentamientos precarios, viviendas sin condiciones y zonas de gran vulnerabilidad para fenómenos naturales un 43% de la población, es decir casi 900 millones de personas en el mundo.

Por lo tanto es importante considerar que tras una catástrofe natural de envergadura la necesidad de asistencia es diferencial en relación a las horas transcurridas desde el desastre, el tipo de desastre y la cantidad de población afectada. En un primer momento las actividades básicas de ayuda se circunscriben en lo que podemos llamar como de “socorro y salvamento”. Esta fase es, en general, corta, suele requerir un gran dispositivo logístico (hombres y medios materiales) y la cantidad de personas en condiciones de beneficiarse de ese despliegue suele ser pequeño (enterrados entre los escombros de las casas tras un terremoto, personas encaramadas en tejados o árboles tras una inundación, etc). Pasada esta fase que es aguda y de gran impacto mediático (se trata de la hora de los reporteros), emerge otro tipo de necesidades, que tienen que ver con la supervivencia de un mayor número de personas (los damnificados), cuya atención suele requerir menos esfuerzo logístico y de recursos humanos externos, y presenta una ecuación coste/ beneficio en vidas humanas mucho mayor.

Generalmente lo que conmueve, lo que moviliza las conciencias y en donde se esfuerzan los gobiernos, aunque sólo sea para acallar las voces y exigencias de futuros votantes, es en todo lo que tiene que ver con la fase de recate. Es durante esa fase cuando se emiten las grandes promesas de ayuda y los grandilocuentes compromisos de fondos que, por lo general, después se olvidan. Desde esta perspectiva no existe ninguna institución con tanta capacidad logística de intervención en esta primera fase como el ejército, bien sea local o foráneo. Si bien desde estas páginas hemos denunciado el uso fraudulento que dan a la llamada ayuda humanitaria los gobiernos en caso de conflicto bélico o civil, no suele ser este el caso de las actuaciones que se registran en caso de una emergencia por un desastre natural. No obstante, y como se ha demostrado durante las intervenciones internacionales realizadas tras el reciente tsunami, en determinadas zonas de Sri Lanka y Aceh (Indonesia), la principal dificultad para la distribución de la ayuda humanitaria ha provenido del hecho de que los propios ejércitos tomasen las riendas de la ayuda, en una actitud que los grupos rebeldes locales identificaron como una estrategia hegemónica y represiva que dificultó, finalmente, la llegada de la misma a grandes cantidades de personas.

A pesar de todo las necesidades de ayuda suelen ser moderadas y las situaciones de los supervivientes, en general, poco comprometidas si no existen desplazamientos masivos de población. Estos son raros en caso de catástrofes naturales, siendo más propios de las llamadas emergencias complejas, producidas por la guerra, la represión y la violencia política. Por eso la asistencia humanitaria suele ser más necesaria si existe gran cantidad de población desplazada.

Una correcta asistencia humanitaria es aquélla que se anticipa a los problemas, los identifica en la medida en que se presentan, y pone a disposición de las víctimas los suministros adecuados en los lugares donde son más necesarios. En las fases menos agudas de una emergencia la capacidad logística para transportar una gran cantidad de bienes y personas desde el exterior reviste, en general, una importancia menor. En esas circunstancias el apoyo más eficaz es la donación de dinero porque permite adquirir los suministros en los mercados locales. La mayor parte de la asistencia humanitaria, si es posible, debe provenir de la población y las autoridades locales. La ayuda exterior debe, sobretodo, atender aquellas necesidades de los supervivientes que ellos mismos no puedan atender. La experiencia nos demuestra que la reacción social que se produce entre las personas que sobreviven a una catástrofe de grandes dimensiones suele ser grande, y paradójicamente, con gran sentido de la organización.

El último tsunami de Diciembre incrementó de manera notable la solidaridad mundial (lo podemos llamar el conocido y reiterado ataque de solidaridad) pero los países acreedores, finalmente, se negaron a contraer compromisos relativos a la condonación de la deuda exterior que mantienen con ellos los países pobres más afectados por el desastre. Se repitió, por tanto, lo acontecido tras el paso del huracán Mitch por Centroamérica en 1998. El pesado lastre de la deuda que soportan estos países dificulta de manera notable su recuperación. No se debe olvidar aquí que desde los años 90 los países en desarrollo, en conjunto, devuelven más deuda anualmente que el monto que reciben en total en concepto de ayuda al desarrollo (en el año 2003, 375 mil millones de dólares contra 68 mil millones).

Los que tuvimos la ocasión de vivir en Centroamérica el paso destructor del huracán Mitch, y asistimos con cierta perplejidad a la incesante y a veces obscena ceremonia de la solidaridad que se desató hacia aquéllos países, creímos entonces de verdad que, por encima de la mera reconstrucción, aquél derroche de colaboración prometida podía ser la gran oportunidad para el salto al desarrollo de esa deprimida región del mundo. Nada más lejos de lo que, con el tiempo, ha llegado a convertirse tanta promesa olvidada y nunca cumplida: estas llegaron a ser de 9.000 millones de dólares en la cumbre de Estocolmo de 1999, pero a finales del año 2001 no se había recibido en la región ni la mitad de ese monto. Mal espejo para mirarse ahora si es que lo hacen los países afectados por la última y brutal catástrofe.

Por mucho que se insita es difícil valorar suficientemente el peso que eso que llamamos vulnerabilidad tiene en las consecuencias de los fenómenos naturales. Esa lección la aprendí muy bien en Tegucigalpa (la mítica montaña de plata de los primeros colonizadores) pocas horas después del paso del huracán Mitch en los últimos días de Octubre de 1998. Recuerdo que pasé todo el día recorriendo aquélla devastación en que se habían convertido los márgenes del río Choluteca a su paso por la capital: todas las casitas de los bordes (levantadas con “casi nada” porque casi nada tenían los pobladores que decidieron instalarse en aquélla ribera peligrosa que a nadie interesaba) habían sido arrancadas de cuajo por el río encolerizado y su carga de hombres, niños, mujeres y enseres engullida por él en pocos minutos. Los restos de escombros, cadáveres, y lodo se amontonaban, como si de una visión espectral se tratara, por todas partes en los barrios bajos próximos al río. Esa misma tarde, y a requerimiento del Embajador de España, visité su casa en uno de los barrios residenciales de la ciudad. Era un barrio de la zona alta con casas sólidas y calles asfaltadas. El panorama era tan diferente que no hacía más que preguntarme no ya si era posible que estuviéramos en la misma ciudad donde había observado esas escena terribles pocas horas antes, sino si podía ser cierto que, en realidad, esas calles casi impolutas que mostraban como toda señal del desastre algún poste de la luz inclinado o alguna rama en suelo, pudieran estar a pocos centenares de metros del borde de aquél río que engulló todo lo que pudo y vomitó, allí mismo, lo que no se quiso llevar.

Las posibilidades reales de las intervenciones de rescate y socorro inmediato son muy escasas aunque resulten muy publicitarias. Es una actividad difícil porque exige inmediatez para ser efectiva y requiere un gran despliegue logístico, técnico (aviones, helicópteros, barcos) y de recursos humanos especializados que generalmente deben proceder de fuera. Si bien su utilidad puede ser relativa quizás fuera posible con un esfuerzo internacional (en realidad hablamos de montos muy inferiores a los que se emplean en actividades bélicas) preparar en determinadas zonas del mundo muy vulnerables ante determinados fenómenos dispositivos internacionales (quizás cascos azules) con una dirección multilateral (posiblemente la Agencia de Coordinación Humanitaria de Naciones Unidas, OCHA), muy bien dotados y con gran capacidad de intervención inmediata (aeronaves, almacenes con alimentos, agua, medicinas, mantas, etc). Sería suficiente para el socorro y el rescate y liberaría a los ejércitos de terceros países de esta actividad que, en ocasiones, colisiona llamativamente con la preceptiva imparcialidad que debe revestir la ayuda humanitaria, especialmente si la catástrofe ocurre en zonas de conflicto.

La ayuda más efectiva sería y es la que debe aplicarse a continuación, tras la fase aguda, mediante una certera y profesional evaluación de las necesidades de los supervivientes, apoyándose en las potencialidades y los recursos locales, en especial con donaciones económicas exteriores (preferentemente de las que se prometen y, después, se dan), cuya gestión podía realizar alguna institución independiente, y con el apoyo técnico y tecnológico adecuado. Recompensar a las poblaciones que más sufren estos excesos de la naturaleza desbocada con propinas de solidaridad mirando al futuro, como la condonación de las deudas externas, sería la mejor manera de ponerle cara a esa pretendida solidaridad internacional que tanto se cacarea en los días sucesivos a un desastre, pero que tan pronto se olvida cuando los enviados especiales de las cadenas de televisión y los reporteros de los periódicos recogen sus bártulos y se van a otra parte porque allí se acabaron las imágenes y hasta las historias que remueven las conciencias y espolean la vergüenza colectiva.


José Manuel Díaz Olalla.
Médico Cooperante


(Publicado en la Revista Temas para el Debate, Julio 2005)

miércoles, 30 de junio de 2004

La solidaridad internacional: una tarea de la izquierda



Lo que se dio en llamar el internacionalismo proletario fue, y aún es en este maremágnum en que se ha convertido el mundo actual, uno de los rasgos más significativos de la izquierda como movimiento internacional. Articulado alrededor de lo que se denominó la Solidaridad Internacional , los países donde triunfó el socialismo real, en plena guerra fría, fueron los que lo practicaron con especial ahínco y con notables y controvertidos resultados. Dentro del área socialista, el apoyo a los hermanos en dificultades siempre se presentó como el fruto lógico de un compromiso entre pares asumido de manera normal, aunque muchos datos dieran idea de que, en realidad, algunos pequeños asumían la representación de otros, más grandes, que por prudencia y conveniencia política no debían aparecer en la primera fila del tablero en el que se había convertido el mundo. Así por ejemplo, en aquellos años, Cuba representó muy bien los intereses geoestratégicos de la extinta Unión Soviética en Angola, a cambio de preferentes relaciones económicas y de la asunción de todas las responsabilidades y privilegios que iban implícitas en el hecho de convertirse en el auténtico bastión socialista a pocas millas de los Estados Unidos.

Las resistencia contra la criminales dictaduras latinoamericanas (del Sur y del Centro) alentadas sin recato por Estados Unidos, y el papel destacado que algunos movimientos izquierdistas adoptaron en defensa de los más elementales Derechos Humanos en aquella parte del mundo, imprimió de un halo mítico a los movimientos revolucionarios latinoamericanos -quién puede olvidarse del Ernesto Che Guevara, cuya vida y obra han encandilado a millones de personas de varias generaciones casi tanto como su afiche - y sirvió para reafirmar en todo el mundo los principios de la izquierda, contribuyendo al reconocimiento de aquellos movimientos y a la identificación de los partidos progresistas con los más elementales valores de la justicia.

En el último decenio, y muy especialmente tras la instauración del nuevo orden implantado en el mundo después la caída del muro de Berlín, y en paralelo al hecho de que algunos partidos de la izquierda hayan alcanzado el poder en Europa y en América Latina como resultado de la alternancia que confiere el juego democrático, la ilusión de muchos ha dejado paso a una amarga sensación de frustración mezclada con otra más insoportable de que el amaestramiento haya podido ser el rasgo más destacable del paso de los progresistas (socialdemócratas, al fin, por estos pagos) por el poder. No sólo, aunque también, por la claudicación en los planteamientos económicos y en las políticas hacia dentro en que se ha caído, sino también, y de manera mucho más llamativa, por la abdicación evidente de los principios del original internacionalismo en que siempre se han inspirado. Proletarios de todos los países, son ahora sólo proletarios de un país concreto si interesa, cuando no, simplemente, clases acomodadas de nuestro mundo rico, que es hacia dónde se trabaja con más ahínco porque son quienes dan o quitan los votos. Del hombre nuevo mejor no hablemos porque avanzamos hacia otros escenarios más realistas.

Lo cierto es que la pérdida de identidad de la izquierda y la consecuente apatía que con demasiada frecuencia presentan sus votantes naturales se puede relacionar con claridad con esa renuncia, siempre equivocada y casi siempre innecesaria, a los compromisos debidos con las clases populares de los países pobres. Esa imposibilidad real que la izquierda demuestra para despegarse de los planteamientos del liberalismo clásico, de la derecha en suma, hace que no se puedan deslindar claramente las políticas que finalmente desarrolla de los grandes temas donde radica el desequilibrio y la desigualdad en el mundo (los ajustes estructurales que imponen las entidades financieras multilaterales, las políticas de inmigración, etc) resultando entonces demasiado evidente el divorcio entre estas políticas reales ( la real politic ) y el discurso que aún se conserva, casi como una muletilla verbal o como un recurso dialéctico más, de la justicia y la igualdad.

Ahora y de manera clara lo que queda de aquellos planteamientos de la izquierda global es tan sólo la solidaridad interna, la nacional, muy pegada a los objetivos e intereses de la clases trabajadoras y las clases medias locales que, en este sistema de globalización de la economía, resultan incompatibles, cuando no abiertamente antagónicos, con los intereses de las clases trabajadoras de otros países, en especial de los más pobres. Un buen ejemplo de esto es lo que esta ocurriendo actualmente con las demandas y presiones de los agriculturas dentro de la Unión europea y la respuesta gubernamental de políticas porteccionistas en las fronteras y de subvenciones para que los productos agrícolas y sus excedentes se conviertan en productos competitivos , lo que supone dejar fuera de juego a los productos de los paises pobres ya que para muchos de ellos la agricultura es una de las más importante fuentes productivas, y sus recursos en divisas y el crecimiento dependen esencialmente del comercio de sus productos agrícolas. Esta política que podría considerarse progresista vista desde el Norte es insolidaria e injusta para los ciudadanos de los países del Sur. Pues estas políticas lleva a millones de personas al subdesarrollo , a la malnutrición y en casos a la muerte por causa del hambre.

Sólo en algunos momentos, y si nos circunscribimos estrictamente a Europa, de clara predominancia de la ola conservadora, la izquierda parece buscar sus orígenes, mirando en los baúles del trastero ideológico, hasta encontrar otra vez una bandera que parezca la de la solidaridad internacional, aunque esté algo apolillada y bastante descolorida. La recuperación de la credibilidad y de la fuerza debe pasar, por tanto, por un apoyo sincero a los movimientos sociales de vanguardia, pero no simplemente cuando se está en la oposición y todo puede valer si el fin es desgastar al contrario, sino también, y sobre todo, cuando se ejerce el poder desde el gobierno.

Es necesario asumir que en los últimos diez años las políticas de la izquierda desarrolladas desde el poder han resultado demasiado conservadoras. Lo que ocurre en Europa con las ya mencionadas políticas de las subvenciones agrícolas o con la directiva Bolkestein sobre el tránsito de trabajadores comunitarios así lo atestiguan. Esta falta de compromiso real contra las políticas neoliberales y las actuales políticas economicas en el contexto de la globalización ha hecho resurgir movimientos como el altermundista donde se expresan los valores de la izquierda, esto requiere una gran reflexión y preguntarnos por que los partidos de la izquierda han dejado sus valores de solidaridad y justicia , y sin embargo la sociedad está reaccionando creando sus propias estructuras y convirtiéndose en una verdadera vanguardia de la propia izquierda a nivel internacional.

Una tarea urgente de la izquierda deberia de ser buscar la convergencia entre estos movimientos y sus propios partidos y establecer un dialogo para volver a reencontrarse con cuestiones ideológicas demasiado aparcadas por otros planteamientos como son la cooperación internacional y el 0,7 , la condonación de la deuda externa, etc. La izquierda debe de reconocer el potencial de estos movimientos para generar conciencia social y tambien que la lucha contra las desigualdades que implica una justa de redistribución de la riqueza, una política dir4igida a restaurar el equilibrio comercial entre el Norte y el Sur y el respeto de los derechos de ciudadania para todos los habitantes del planeta son objetivos inalcanzables sin políticas públicas respaldadas por gobiernos.

La izquierda debe plantearse alternativas a la globalización y no quedarse sólo en planteamientos de que hay que asumir lo inevitable porque "no se puede hacer nada",planteando una alternativa a la globalización neoliberal. Debe de incluir en su agenda una solución de la deuda externa de los países más pobres , pero esto debe realizarse con políticas transparentes y sin intereses espurios. La lucha decidida contra los paraísos fiscales aunque se produzca en paises desarrollados como el caso de Suiza que solo benefician a corruptos y dictadores, por ejemplo, son áreas en las que es posible avanzar desde la izquierda y volver a granjearse el reconocimiento de la mayoría de la ciudadanía. Políticas auténticamente transformadoras de la realidad, con fortalecimiento de las medidas medioambientales y educación del consumo y del desarrollo de los derechos humanos, planteamientos realistas y también solidarios ante situaciones de gran complejidad que afectan a las clases trabajadoras como la deslocalización de las empresas, la lucha por sistemas de salud universales, la lucha contra el hambre y de necesidades básicas como el agua potable , saneamiento y de energia así como una relación comercial justa en el mundo, que incluye la transformación de la OMC deben de ser una de las tareas de la izquierda en este nuevo milenium. También una apuesta determinada por la diplomacia preventiva ante los conflictos transparente y sin intereses geopolíticos , el fortalecimiento del derecho internacional y de los acuerdos medio-ambientales , son otras areas que la izquierda debe desarrollar para avanzar en sus objetivos de solidaridad y justicia para todos.


por José Manuel Díaz Olalla
(Publicado en la Revista "Temas para el Debate", nº 121, Diciembre 2004)
(Imágenes tomadas, por este orden, del sitio web "bambino blogia" y del sitio web "el canillita, de la asociación de chilenos residentes en Ginebra")

lunes, 30 de junio de 2003

¿Es la Ayuda Humanitaria la mejor propaganda de la guerra?


 
Si hay una batalla que sobresale de manera muy notable sobre todas en este panorama actual de desbarajuste en las relaciones internacionales es la de la propaganda. La propaganda entendida en términos de arma generadora de confusión intencionada cuyo objetivo supremo es el de que las cuestiones injustas y atentatorias contra la básica expresión de la razón y la ley las asumamos sin rechistar como en un trágala plausible o, al menos, que las comprendamos como un mal decididamente necesario. Es el juego de las palabras y las denominaciones que esconden, en el fondo, la tergiversación y el maquillaje más profundo de los conceptos que justifican las injustificables razones de estado. Seguro que saben a lo que me refiero: ya no hay guerras, esa palabra que despierta el mayor de los rechazos en la inmensa mayoría de los corazones nobles, sino que hay conflictos. Los conflictos que buscan la hegemonía y las ventajas estratégicas, políticas y económicas no son ilegítimos e injustos sino que son el resultado de acciones consensuadas de la comunidad internacional para preservar la paz y la seguridad. Estas acciones no provocan muertos y heridos entre la población civil sino que se producen lamentables efectos colaterales; los ejércitos que invaden un país contra la legalidad y el derecho internacional son, simplemente, fuerzas de liberación; y el inevitable y vergonzoso reparto del botín se llama ahora tareas de reconstrucción.
 
Pero si algo supera lo insuperable e indigna de manera máxima es el abuso y la desvirtuación extrema que se hace de la llamada ayuda humanitaria. Y es así porque los impasibles guerreros de los despachos y sus medios de comunicación se han apropiado de ese término no simplemente para darle un sentido diferente al que tiene sino, y es lo lamentable, para darle justo el sentido contrario. Nunca hubieran soñado encontrar un slogan tan eficaz para hacer propaganda de la guerra como el de la ayuda humanitaria. Los ejércitos, y el español de manera destacada según el gobierno del Partido Popular, son, según nos cuentan, unas potentes maquinarias que tienen como uno de sus objetivos básicos es el de prestar ayuda humanitaria a las poblaciones castigadas por los conflictos, que, por cierto, ellos mismos provocan. ¿A alguien se le ocurre un desatino mayor? ¿Ustedes creen que ha llegado el momento de que los ejércitos sustituyan en las guerras a la Cruz Roja Internacional? ¿Es que acaso la dignidad de las víctimas, a pesar de que casi siempre se traten de un batallón inmenso de pobres heridos y desarrapados, puede admitir que la misma mano que les tira la piedra, mata a sus hijos o les expulsa de sus casas, acuda después, diligente, con la tirita, el bidón de agua, o la tienda de campaña?

 
Estamos viendo estos días por televisión un spot publicitario del Ministerio de Defensa español que persigue estimular en los jóvenes el impulso de enrolarse en las fuerzas armadas. Las imágenes que ofrece el anuncio publicitario de esforzados soldados rescatando niños de entre los escombros, dando un plato de comida a una anciana con rasgos eslavos, o curando las heridas de algunas personas con aspecto indígena, le llegan a cualquiera al corazón. ¿Podemos pensar entonces que hay alguna diferencia entre entrar en el ejército o apuntarse de voluntario en una ONG?. A pesar de la ola de sinrazón que nos invade no hay motivos para no decir las cosas como son: el objetivo fundamental de los ejércitos es la guerra o el amenazar con hacerla (la disuasión). Siempre ha sido así, y cualquier otro planteamiento sólo persigue engañar a la gente para que crea que las guerras pueden ser justas o pueden tener una finalidad distinta a la que realmente tienen.

 
No se puede discutir que algunas acciones de los ejércitos en ayuda a la población civil, son muy notables y dignas de reconocimiento. Pero sólo pueden exhibir el calificativo de humanitarias –léase exclusivamente en términos de beneficio de los seres humanos-, en tiempo de paz, esto es cuando los gobiernos que las impulsan no tienen a priori intereses en la propia ayuda, y sólo cuando son respaldadas por un mandato de la comunidad internacional refrendado en las Naciones Unidas. En este caso, y sólo en este caso, si la intervención de las fuerzas armadas tiene como objeto que su incomparable despliegue logístico se ponga al servicio y facilite la actuación de organizaciones humanitarias independientes podremos decir que dicha actuación estará absolutamente libre de sospechas de intereses o de parcialidad.

 
Desde el punto de vista semántico se juega de manera abusiva con la ambigüedad malintencionada de dar a lo que simplemente puede tener rango de adjetivo calificativo (humanitario es decir en beneficio de los seres humanos), un sentido de denominación nominativa que sólo se corresponde con actividades que realizan desde un consenso internacional con características propias y determinadas, y a la luz del Derecho Internacional Humanitario, determinadas organizaciones o agencias no gubernamentales: históricamente la Cruz Roja Internacional y, más recientemente también otras muchas organizaciones –el movimiento Sin Fronteras, Médicos del Mundo, etc- auténticamente independientes de las razones de estado y de los intereses gubernamentales. Sólo ellas pueden garantizar que las intervenciones que realizan en socorro y apoyo de las víctimas puedan ser consideradas auténticamente como ayuda humanitaria. Porque el humanitarismo como filosofía de vida y estrategia de trabajo toma al ser humano como objetivo fundamental de su acción, encuentra en su atención y en su supervivencia su razón de ser, se fundamenta en un estricto respeto de los derechos humanos y en unos principios éticos y morales , entre los que destacan muy significativamente:

 

 
  • La imparcialidad, entendida como una determinación a no tomar parte, esto es, el objeto de su acción es el ser humano que necesita ayuda, independientemente de su raza, sexo, religión, ideología, bando, etc. No discrimina a las víctimas, y por lo tanto no prioriza la ayuda a aquellos que comparten sus mismas ideas y objetivos, convirtiéndose por tanto en una acción con características profundamente éticas. Las modernas organizaciones de ayuda humanitaria, a diferencia de la Cruz Roja Internacional, acompañan el principio de imparcialidad de un matiz de no neutralidad, considerando que no es posible ser neutral si eso significa equiparar a las víctimas con sus verdugos, rompiendo de esta manera con el silencio culpable y asumiendo así un compromiso de denuncia ante el mundo en defensa de los derechos conculcados a las víctimas.

  • La universalidad, comprendida como la prevalencia del derecho de las víctimas a ser socorridas por encima de cualquier otra ley o norma nacional o internacional, incluidas las fronteras cuando estas dificultan el acceso de la ayuda a quienes la necesitan. Es en este principio donde encuentra sentido el auténtico derecho a la injerencia humanitaria tan vapuleado también por intereses espurios de ejércitos de gobiernos poderosos que esconden tras este título aviesas o inconfesables intenciones.

  •  La independencia, como un estado de conciencia que nunca pueden asumir quienes promueven las intervenciones militares, y que implica que la ayuda que se necesita no puede brindarla ni pagarla quienes tengan intereses distintos al puro socorro de las gentes necesitadas de la misma, y mucho menos quienes participen en la guerra. En este principio se fundamenta que la inmensa mayoría de las organizaciones de ayuda humanitaria que participan en el auxilio a las víctimas de la guerra de Irak hayan rehusado los fondos que el gobierno español ha puesto a disposición de las mismas. De la misma forma este principio evidentemente también invalida la denominación de ayuda humanitaria a las actuaciones del ejército español en aquél atormentado país.

  • El consentimiento de las víctimas, como seres humanos con derechos y con dignidad, a quienes no es moral ponerles en la tesitura de tener que aceptar el socorro de quienes les han causado el gran padecimiento que sufren.

 

 

 Es preciso desenmascarar este profundo fraude que se realiza sobre la ciudadanía bienintencionada y que insulta el más elemental entendimiento de las gentes. Se publica, por ejemplo, estos días en la prensa que el ejército de Indonesia después de infligir un serio correctivo militar en la provincia independentista de Aceh produciendo una gran tragedia humana entre la población civil, ha prohibido la intervención de organizaciones humanitarias independientes en la ayuda a la población civil desplazada de sus casas. El propio ejército ha asumido esforzadamente esa labor. ¿Alguien cree que la supuesta ayuda humanitaria que vaya a brindar ese ejército busca realmente como objetivo el socorro de las víctimas? ¿Alguien cree que vaya a ser independiente, no discriminatoria, imparcial o universal? Por supuesto que no. La denominada ayuda humanitaria que está dando el ejército indonesio será sin duda una herramienta más para su guerra, favoreciendo con ella a fieles y castigando a rebeldes, apropiándose indecentemente de un término y un concepto muy loable para intentar engañar al mundo sobre sus verdaderas intenciones y para generar más dolor y más sufrimiento.

 

Nadie podía aventurar hace unos años que quienes provocan las guerras y las injusticias iban a apropiarse de esta manera tan indigna de una terminología y una filosofía que tanto tienen que ver con la paz y con los derechos humanos, hasta llegar a darnos en nuestras propias narices con ellas para justificar lo injustificable y para hacer propaganda de todo lo contrario a lo que en realidad significan. Hasta tal punto que cada vez se hace más peligroso y difícil el trabajo de las auténticas organizaciones humanitarias independientes una vez que esa terminología se usa para justificar cualquier tropelía. Todo lo avanzado en años de trabajo serio y esforzado de miles de personas que trabajan en organizaciones humanitarias independientes puede desaparecer en cuanto la sospecha y la convicción de que todo es lo mismo prenda en el sentimiento de gran parte de la gente. Hará falta mucha pedagogía y mucho tiempo para desenmascarar esta patraña y para volver a situar en su lugar a un movimiento que nació de la mano de Henry Dunat, fundador de la Cruz Roja Internacional, tras la batalla de Solferino cuando desolado por la visión de miles de heridos abandonados a su suerte declaró que un soldado herido en una batalla deja de ser un soldado para convertirse simplemente en un hombre, y, como tal, toda la humanidad tiene obligaciones en su atención y en su supervivencia.

 

 

José Manuel Díaz Olalla
(Publicado en la Revista "Temas para el Debate", Junio 2003)

sábado, 6 de abril de 2002

Pobreza, enfermedad y conflicto


Si es cierto que el mundo ha progresado proporcionalmente más en los últimos cincuenta años que en toda la historia, no lo es menos el hecho de que la desigualdad entre las naciones es una de las características que mejor definen al mundo contemporáneo y sobre todo al del final del siglo XX. Este fenómeno se traduce, sobre todo, en las grandes diferencias existentes entre los pueblos en el acceso a bienes y servicios básicos, y es consecuencia de los procesos económicos que, con diferentes resultados, se han experimentado en las últimas décadas.
Algunas investigaciones recientes parecen demostrar que los principales factores que intervienen en los conflictos actuales tienen que ver con las dificultades económicas, los problemas de acceso a la propiedad de la tierra en el mundo rural, la religión y la inestabilidad política. África Subsahariana puede ser el ejemplo paradigmático de lo que estamos hablando. En la actualidad, esa parte del continente africano, nunca ha estado más lejos de lo que podemos definir como parámetros básicos de salud. La pobreza y la enfermedad en esa zona del mundo están tan íntimamente ligadas que se retroalimentan en un proceso que amenaza literalmente con acabar con cualquier esperanza de mejora y progreso de los pueblos: el SIDA afecta en la zona a más de 24 millones de personas, la mayoría jóvenes y niños, y está consumiendo los escasos recursos disponibles para otras prioridades de salud y para cualquier programa destinado a mejorar el bienestar social. El SIDA, en África, es causa de pobreza. La pobreza, en África, es causa de la terrible extensión del SIDA.
La tasa de mortalidad materna -un indicador básico del nivel de salud de la población y, a la vez, de la cantidad y la calidad de la atención sanitaria- alcanza cifras escalofriantes en países del África Subsahariana y del Sudeste Asiático: tasas de más de 1.000 muertes maternas por cada 100.000 nacimientos, cuando la media en países de rentas bajas es de 500 por 100.000 y en los países desarrollados apenas llega a 20 por 100.000. Estas altas tasas son consecuencia de factores como el escaso porcentaje de nacimientos asistidos por personal cualificado. En algunos países de África, como Somalia, la proporción de nacimientos atendidos por este personal no llega al 2% del total, mientras que en los países desarrollados es del 100%. Cualquier otra dimensión de la salud y de la inequidad que queramos analizar arrojará datos que apuntarán en el mismo sentido.
Las cifras de personas que carecen de lo básico para sobrevivir con un mínimo que garantice un nivel elemental de salud son abrumadoras: más de 1.200 millones de seres humanos no tienen acceso a agua mejorada; 1.000 millones carecen de vivienda digna; hay 840 millones de malnutridos –200 millones son niños menores de cinco años- y 2.000 millones de personas padecen anemia por falta de hierro; 880 millones de personas no tienen acceso a servicios básicos de salud; y 2.000 millones de personas carecen de acceso a medicamentos esenciales. Para resumir, nada menos que el 80% de la población mundial vive en la pobreza. Porque la falta de salud no es ni causa ni efecto de la pobreza: es un componente más de la misma, un hecho consustancial a ella y un parámetro que, quizás como ningún otro, ayuda a identificarla.
A lo largo de los años 90 este proceso de desigualdad mundial se fue agudizando y definiéndose geográficamente de tal manera que situar en el mapa los conflictos y guerras -abiertas o larvadas- actualmente en curso, es superponerlos a las zonas cuyas carencias hemos descrito anteriormente.
La globalización, como fenómeno, arroja, entre otros, un efecto inesperado: la población de los países pobres conoce perfectamente la riqueza y el desahogo con que se vive en otros lugares del mundo y es consciente de esas desigualdades. Se globalizan la información y las corrientes financieras, pero no los derechos de la gente, ni el desarrollo humano, ni el bienestar. Este conocimiento de la desigualdad, una vez referido a la propia situación de carencia de bienes y servicios básicos, es generador de frustración, de actitudes desesperadas, de odio, de integrismo y de violencia. Y no son pocos: nada menos que 3.000 millones de seres humanos pueden sufrir hoy en el mundo este sentimiento de injusticia.
Una gran parte de la humanidad gasta cuatro quintos de lo que gana en alimentación de supervivencia. ¿Qué les queda para comprar las otras cosas que se necesitan para vivir dignamente como el agua, la electricidad o la atención sanitaria?. Sólo puede ser hipocresía o ceguera sin límites el supeditar la ayuda al desarrollo, como se ha hecho recientemente en la cumbre de Monterrey, a la liberalización feroz de las economías de los países menos adelantados, sin entender que es el Estado, y no el mercado, el que debe abastecer a los ciudadanos de los servicios básicos que necesitan.
La fragilidad de los Estados, expresada en su incapacidad para gobernar y prestar servicios, acaba generando conflictos. En una investigación de Price Smith (1996) se demuestra que el bajo nivel de salud de una población está directamente relacionado, en el tiempo, con la baja capacidad del estado para proporcionar servicios sanitarios mínimos y constituye un fértil terreno de cultivo para la inestabilidad: "las prevalencias altas de enfermedades que disminuyen el capital humano, relacionadas con la disminución de la prosperidad nacional, disparan los conflictos inter-élites". El ejemplo arquetípico puede ser Somalia, donde la pobreza y la desestructuración del Estado, incapaz de prestar servicios básicos, ha desembocado en el caos más absoluto. Los indicadores de salud son elocuentes: la mortalidad infantil es de 122 por mil nacidos vivos, una de las cuatro o cinco más elevadas del mundo, y la esperanza de vida no sobrepasa los 47 años. El panorama mundial muestra otros ejemplos elocuentes (Afganistán, Colombia, Argentina, ¿cuántos más?) de hasta qué punto la violencia, la descomposición social y las crisis económicas arrastran a los pueblos a vivir en la pobreza y a soportar cargas extraordinarias de enfermedad y de muerte.
En este sentido, en un estudio encargado en 1998 por la CIA, se identificaban las variables que mejor predecían el fracaso de los Estados: la elevada mortalidad infantil, el alto nivel de aislamiento del mercado y el escaso desarrollo de la democracia (Esty, Goldstone y Gurl, 1968). En este estudio también se ponía de manifiesto que la falta de provisión de servicios básicos genera conflictos al minar la sociedad civil.
El círculo puede tener recorridos inversos que acaban por cerrarse en sí mismos: enfermedades infecciosas, como el SIDA, que comprometen seriamente la supervivencia de niños y jóvenes, merman las potencialidades humanas y económicas de los pueblos y anulan cualquier posibilidad de transición democrática.
Tenemos que concluir con todo lo dicho que es evidente que la prevención de conflictos pasa, obligatoriamente, por la lucha contra la pobreza y contra la desigualdad. La ayuda al desarrollo es, siempre, la mejor inversión para un futuro de justicia para todos y de seguridad mundial. Porque la pobreza sólo genera más pobreza, enfermedad e inestabilidad política en un círculo infernal.



Pilar Estébanez y Manuel Díaz Olalla
Presidenta de Honor y Vicepresidente de Médicos del Mundo.


Publicado originalmente en el Diario el País el 8 Abril de 2002 http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Pobreza/enfermedad/conflicto/circulo/infernal/elpepisoc/20020408elpepisoc_8/Tes), en Surmedia de Urugüay y en otros medios.

Disponible también en:
http://almeriasolidaria.org/pagina%20web%2020%20agosto%2006_archivos/page0063.htm
http://www.ucm.es/info/solidarios/ccs/articulos/pobreza_y_desigualdad/pobreza_enfermedad_y_conflicto.htm

Nota. Las fotografías que ilustran el artículo son del autor y están tomadas en el campo de refugiados ruandeses de Mugunga, en la ciudad de Goma (Congo) en Julio de 1994.

lunes, 1 de enero de 2001

LA EQUIDAD EN LA SALUD: UN RETO QUE SE ALEJA

Pocos aspectos de la atención y el funcionamiento de los servicios sanitarios despiertan tanto interés general y tanto estudio como la equidad. Y esto es así cuando consideramos que todo servicio sanitario tiene que administrar las oportunidades que brinda a los individuos en función de las necesidades de los mismos, y no de los privilegios sociales. Los privilegios sociales, bien sean los determinados por la situación socio-económica, el género, la etnia, la edad, la religión, y otros muchos más, marcan de manera indudable las oportunidades de la gente a recibir o adquirir atención de cualquier tipo. Esta realidad indudable, que cuando se trata de la atención que tiene obligación de ofrecer el Estado es intolerable, se convierte en el paradigma de la injusticia más absoluta si hablamos de los cuidados de salud, toda vez que ellos son un derecho humano fundamental.

Sin embargo hemos incorporado esta situación real al paisaje cotidiano con la mayor de las naturalidades, tanto en el mundo pobre como en nuestras sociedades opulentas. Es más, en todos los niveles de desarrollo, el progreso humano va marcado casi invariablemente por el aumento de la brecha en el nivel de salud y en las oportunidades para mejorar la salud que separa a unos de otros (a los ricos de los pobres, a quienes viven en las ciudades de quienes viven en el campo, a los hombres de las mujeres o a los blancos de los negros), es decir, por el aumento de las inequidades en salud. Es el más palpable de los fracasos de los sistemas sanitarios, y tiene que ver con sus graves limitaciones para funcionar con eficacia y eficiencia, características que deben ser inherentes a la naturaleza de la atención que brindan.

Porque deben ser las necesidades de hombres y mujeres, y no los privilegios sociales, los que determinen cómo se distribuyen las oportunidades para el bienestar. Y el nivel de salud es, entre otros, el resultado de muchas acciones concertadas y multisectoriales entre las que destacan las propias del funcionamiento del servicio sanitario. Este servicio debe concebirse como una prestación social y solidaria que asegure no sólo la igualdad de todos, sino que priorice en sus actividades curativas, preventivas y rehabilitadoras a los más necesitados de él. Por lo general admitimos que cuando adopta la forma de Servicio Nacional de Salud (SNS) se conforma más adecuadamente para cumplir sus funciones de manera útil, justa y equitativa, esto es, cuando adopta la forma de universalidad, gratuidad, y financiación y gestión públicas. Pero no basta con esta forma de organización, se hace necesario, además, que el propio servicio se comporte como un ente activo y dinámico, con capacidad de adaptación a las realidades cambiantes de la gente, con posibilidades para informarse de ellas, para evaluar el impacto de sus intervenciones y con clara voluntad política de sus gestores de priorizar la oferta que presta en función de las necesidades de los más desfavorecidos cuando estas sean abordables y modificables.

Pero ¿cuál es la realidad mundial, al comienzo de este siglo, en lo que respecta a la necesaria equidad en salud?. Un somero repaso a la situación de salud de la gente en el mundo nos señala con claridad que la inequidad es el panorama más general. Y, como quedó dicho, en todo nivel de desarrollo humano. Las mayores cargas de muerte y enfermedad las soportan, en todos los lugares, los más pobres y aquéllos que conforman la larga lista de los menos incluidos socialmente. Es más, en muchos países del Sur, en África, Asia y América Latina, aunque en lo formal dicen estar dotados de un SNS, lo cierto es que éste en la práctica no llega más que a un porcentaje pequeño de población (generalmente la que habita en grandes urbes), por lo que éste límite de cobertura real arroja a millones de seres humanos a la falta completa y absoluta de asistencia sanitaria pública. En otros lugares de este mundo pobre, en particular en América Latina, donde llega este SNS se exige a los pacientes que paguen o copaguen el servicio público que reciben, excluyendo de él, en la práctica a los más pobres y abandonados. En todos estos lugares las prestaciones que se ofrecen son tan limitadas o la calidad de la atención tan deficiente que quienes necesitan atención no acuden a ellos y, al no poder comprar esa atención en el mercado, se refugian en las prácticas sanitarias tradicionales o informales.

En nuestro mundo desarrollado, con SNS sólidos y potencialmente capacitados, se está viviendo un proceso real de desestímulo y descapitalización de la asistencia sanitaria pública al socaire de los nuevos conceptos de neoliberalismo a ultranza y de la globalización peor entendida, y que busca incentivar de hecho a los sistemas privados de atención y está condenando a enormes grupos de personas a la exclusión y a la precariedad en los cuidados de la salud. La inequidad más flagrante es el panorama imperante en la atención sanitaria de este mundo.

Hubo tiempos mejores, y otros conceptos y otras metas mucho más halagüeñas se dibujaban en el horizonte humano. En 1978, en Alma-Ata (Kazajstán) y auspiciado por la OMS y UNICEF, se efectuó la conferencia internacional que definió como Atención Primaria de Salud a la estrategia sobre la que se comprometían a trabajar la mayoría de los países del mundo para mejorar los niveles de salud de la población y sobre la que se articuló un sensato programa de metas y objetivos por niveles de viabilidad de zonas y países que se llamó Salud para Todos. Leer hoy las conclusiones y el espíritu de aquélla cumbre y encontrar, entre ellas, afirmaciones tan importantes como que la salud es un derecho humano fundamental y que los gobiernos son los responsables de que ese derecho sea una realidad para todos, es como retrotraerse a un mundo que nunca existió. Y cualquier somero análisis sobre logros y políticas mundiales y nacionales de salud que se instauraron en estos 23 años nos indican que, con todas sus dificultades, fue un camino que mereció la pena recorrer. En este periodo millones de personas en todo el mundo han aumentado su esperanza de vida (de 48 años a 65 años de media mundial), han disminuido notablemente la mortalidad infantil y la materna sobre todo en los países pobres, y hoy mueren por enfermedades evitables en todo el mundo la mitad de las personas que morían por ellas en aquél año significativo. Es evidente que el espíritu de aquélla conferencia histórica ha jugado un papel impulsor extraordinario en modificar las políticas sanitarias que han propiciado estas mejoras, muy particularmente los aumentos mundiales en la cobertura de vacunaciones, la eficacia de los programas de atención materno-infantil en África y América Latina, y las mejoras en disposición de agua potable y saneamiento básico en especial en los países más atrasados, podemos situarlos sin duda en la base de estos logros.

Pero no todo son luces en estas últimas décadas. Muchas más sombras han quedado, no obstante, como resultado de una iniciativa internacional que no cumplió sus expectativas de darnos salud a todos en el año 2000. Sombras que son locales (52,2 millones de las muertes registradas en el mundo en 1997 lo fueron por enfermedades infecciosas prevenibles) y que también son regionales (el África subsahariana ha retrocedido en sus niveles de salud previos y muchos de sus países parecen introducirse en un pozo del que nunca podrán salir sin la permanente ayuda internacional). Sin embargo, este panorama dispar, que es una permanente denuncia sobre la inequidad en salud, lejos de situarnos en la denuncia y el abandono de aquél espíritu esperanzador dándolo por estéril y fracasado, debe ayudarnos a perseverar en políticas y estrategias que busquen la equidad y el progreso de los pueblos. Algo muy diferente del mensaje que ahora se difunde como panacea del futuro, al que se pliegan sin objeción instituciones internacionales que, como la OMS, deben velar por el derecho a la salud de todos, y que responden más a los intereses de este universo global de unos pocos (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional) que a la justicia y a los derechos humanos de los más pobres.

Se quiere instalar ahora la cultura para todos de que aquéllos SNS están abocados al fracaso cuando lo público cuenta cada vez menos y el mercado lo debe dirigir todo. El concepto de universalidad se ha revisado (informe mundial de la OMS de 1999) a la baja y lo que antes era atención básica para todos es ahora un para todos sí, pero sólo lo que se pueda. Es decir nada o muy poco. Nos dicen también que hay que comprender que el Estado no puede ser el único responsable de la salud de la gente si no que también es una obligación de los propios individuos, del mercado y de las organizaciones humanitarias internacionales el velar por la salud y prestar la atención. Curioso sarcasmo para el campesino de Alta Verapaz (Guatemala) o de Tutuala (Timor Oriental) que nada tiene y que, por tanto, nada puede pagar. Al mercado, nos dicen y preguntamos ¿a qué mercado le interesa vender atención sanitaria a quien no puede comprarla? Si nadie puede pagar y nadie la va a vender ¿qué nos quieren decir? Pues que las cosas sigan igual, que aquí no ha pasado nada y que la realidad es que millones de seres humanos deben seguir sin esperar nada. Al mercado, resaltan, y como si ante un siempre pagan los mismos estuviéramos, diremos que precisamente quienes más confían en el mercado como motor social y más preconizan estas teorías que denunciamos (la mayoría de los países ricos con la penosa excepción de Estados Unidos) son quienes menos han dejado en esas manos la atención sanitaria de la gente y han desarrollado sólidos SNS, aunque vivan el actual periodo de precarización que hemos comentado antes. Y ha sido así siempre así porque indudablemente el mercado nunca ha sido eficiente en la atención a la salud y nunca garantiza la equidad necesaria y justa.

Que todo fue un sueño y que la equidad en la salud, la justicia, la igualdad y los derechos humanos son cuestiones que solo cuentan para unos pocos. Es lo que nos venden en este mundo global y es una obligación moral de todos luchar contra ello. Es preciso recuperar los espíritus y las políticas que impulsaron el progreso y el desarrollo en décadas aún cercanas y, en todo caso, corregirlos al alza en sus defectos y sus carencias. Es un compromiso que todos tenemos con esta humanidad.


José Manuel Díaz Olalla
Pilar Estébanez Estébanez