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domingo, 16 de abril de 2017

Cuba y la salud de los pueblos olvidados: un ejemplo de solidaridad

Fuente: radiohc.cu

Indudablemente y por tantas circunstancias como sería imposible desmenuzar aquí, ningún país tan pequeño (11 millones de habitantes) ha marcado de forma tan determinante la historia de la humanidad, sobretodo de la que vive en África y en América Latina, en el último siglo y en el inicio del actual, como Cuba. Desde luego ninguno de los grandes de aquélla región (Colombia, Brasil, Argentina, México) dejó una huella tan profunda. Coincidiendo con el reciente fallecimiento del líder histórico de la Revolución Cubana, Fidel Castro, ha emergido el debate sobre los logros y las insuficiencias de su obra en estos últimos 57 años. Entre los primeros, con frecuencia silenciados o directamente tergiversados por los medios de comunicación internacional, destacan los indiscutibles resultados de su sistema sanitario que ha situado la salud de la población de ese país al nivel de los más desarrollados del mundo.

No por conocidos debemos obviar datos tan elocuentes como que la población cubana tiene una tasa de mortalidad infantil de las más bajas del mundo (menos de 5 niños menores de un año por cada mil nacidos vivos al año, 2015), una esperanza de vida al nacer de las más altas (rondando los 80 años), una cuadro epidemiológico de morbilidad y mortalidad propio de un país de alto nivel de desarrollo, o que Cuba ostenta  títulos tales como mejor país de Las Américas para que las mujeres se conviertan en madres (Save The Children, 2013) y  único país de esa región en erradicar la lacra de la desnutrición infantil (UNICEF, 2012). Si bien la salud de la población no es resultado único de la actividad del sistema sanitario, es evidente que el hecho de que Cuba sea uno de los países del mundo con mayor número de profesionales de la salud por habitante (90 enfermeras y 70 médicos por diez mil habitantes en 2014), tiene que ver con ello. Contrastan las contundentes cifras con las de Europa y América Latina ese mismo año, pues sus ratios de médicos por habitante, por ejemplo, fueron de 33 y de 21, respectivamente, siempre por diez mil. Se lo paga Cuba, a pesar de la enorme sangría que supone el injusto bloqueo norteamericano, porque esa es la filosofía que inspira su sistema político, dedicando un 10,57% del PIB a la salud (2015) muy por encima de países como EEUU, Alemania, Francia y España, pues nuestro país, tras los drásticos y también injustos recortes de estos últimos años cuantifica ese esfuerzo en tan solo un 6,29%. Cuestión de prioridades.

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sábado, 3 de noviembre de 2012

La Cooperación Española en salud: entre el recorte y la incoherencia política




El objetivo último de la cooperación al desarrollo, su esencia al fin, es acabar con la pobreza, no entendida únicamente como precariedad económica sino como la ausencia de derechos, oportunidades y capacidades de las personas. Mientras eso sucede y para que ocurra pretende también contribuir a que se cuente con los pobres en aquéllas instancias en que se toman decisiones que tienen que ver con ellos. Esto es así donde quiera que se desplieguen estas políticas y cualquiera que sea la naturaleza de las actividades que, en pos de ellas, se pongan en marcha: agricultura, educación, infraestructuras, financiación o salud.

Existe un consenso general en el sentido de que la salud es la llave del desarrollo. La mala salud muchas veces es fruto de la pobreza, de la misma forma que ésta lo es de la mala salud. Romper este vínculo terrible estableciendo las condiciones para mejorar la salud de la población, en especial la de aquélla más vulnerable, es uno de las grandes desafíos de la cooperación en su anhelo por fomentar el desarrollo humano sostenible. Lo cierto es que la salud mundial, considerada globalmente, ha mejorado extraordinariamente en los últimos 35 años. Este éxito es debido, en gran parte, a la cooperación internacional y a su estrategia de promover, hasta la década de los 90 y en estos últimos años, las funciones básicas de la Atención Primaria de Salud, tal y como se concibieron en la histórica conferencia de Alma Ata (1978), en especial las vacunaciones, el acceso de la población al agua potable y  la puesta en marcha de programas de Salud Materno-Infantil (control de la mujer durante el embarazo, parto y post-parto y de niños y niñas en sus primeros años). A pesar de esto las desigualdades mundiales en salud son, al igual que las internas dentro de los países, además de injustas, intolerables: el 53% de las personas que viven con VIH en países de renta baja no tienen acceso al tratamiento, 29.000 niños y niñas menores de cinco años mueren cada día por una enfermedad prevenible y curable, más de 300.000 mujeres fallecen al año por las complicaciones derivadas de su afán de traer hijos al mundo y unos mil millones de personas no tienen acceso a los servicios sanitarios que precisan cuando los necesitan.

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